Noha
Llegué a mi casa y encontré una maleta.
Estaba en el recibidor. La maleta de Claire. La misma que trajo el día que apareció en mi puerta llorando, con moretones en los brazos y una historia que me partió en dos.
Claire salió del pasillo con otra bolsa en la mano. Se detuvo al verme. T/
—Ya me voy —dijo.
Dos palabras que llevaba semanas esperando escuchar. Pero ahora que las tenía frente a mí, no sentí el triunfo que imaginé. Sentí alivio.
—El apartamento está listo —le dije—. Tiene todo lo que necesitas. Si falta algo, llama al administrador del edificio. Su número está en el contrato.
Claire dejó la bolsa junto a la maleta y me miró con esos ojos que alguna vez me parecieron el centro del universo y que ahora eran solo los ojos de una mujer que pasó por mi vida y me dejó cicatrices que tardé años en cerrar.
—¿Puedo pedirte algo antes de irme? —preguntó.
—Depende de qué sea.
—Que no me odies.
La miré. No la odiaba. Hacía mucho que no la odiaba.
—No te odio, Claire. Solo necesito mi vida de vuelta.
Ella asintió. Después sacó una carpeta de su bolso y me la extendió.
—Antes de irme, necesito que firmes esto. Un mensajero lo trajo esta mañana. Son los documentos del apartamento. El contrato de alquiler, los seguros, los permisos de acceso. Necesitan tu firma porque está a tu nombre.
Tomé la carpeta. La abrí. La primera hoja era efectivamente el contrato de alquiler del apartamento: mi nombre, la dirección, las condiciones. Todo en orden.
Firmé. Todas las hojas. Con la prisa de quien quiere cerrar un capítulo de una vez por todas.
Le devolví la carpeta.
—Listo.
Claire la guardó en su bolso. Me miró un momento con una expresión que podría haber sido gratitud o podría haber sido algo más. Se acercó. Se puso de puntillas. Y me besó.
Fue un beso suave, breve, que me tomó desprevenido durante medio segundo. Sus labios sobre los míos con la familiaridad de mil besos anteriores que ya no significaban nada.
No le respondí. Mis labios se quedaron inmóviles, cerrados, como una puerta que ya no se abre para esa llave.
Claire se separó. Me buscó los ojos. Y encontró exactamente lo que yo quería que encontrara: nada.
—Adiós, Noha —dijo con una sonrisa triste.
—Cuídate, Claire.
Tomó su maleta. Tomó su bolsa. Y salió.
La puerta se cerró con un clic suave que resonó en toda la casa como el punto final de una frase que llevaba demasiado tiempo sin terminar.
Me quedé de pie en el recibidor.
Libre.
Caminé hasta la sala. Me senté en el sofá. El mismo sofá donde dormí durante semanas porque mi propia cama estaba demasiado cerca de la habitación de Claire y necesitaba distancia incluso dentro de mi propia casa.
Me recosté. Miré el techo. Y sonreí. Dormí en paz desde hace mucho tiempo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA!