Génesis no despertaba y empezaba a preocuparme de verdad.
—¡Génesis! ¡Génesis! —Leyla se arrodilló en donde me encontraba con Génesis.
—¡Voy a levantarla! —indiqué. Pasé una de mis manos debajo de sus rodillas y la otra en su cuello, la levanté y la llevé hasta el sillón. —¡Despierta! —¡Vamos, reacciona! —Me sentía tan impotente; solo de pensar que no volvería a ver sus ojos negros, imaginar que la podría perder, sentiría que mi corazón también dejaría de latir.
Me volvía tan ridículo cuando estaba cerca de ella, pero Génesis me provocaba ser así, ser tierno, decir cosas tan estúpidas. Esta mujer me tenía loco.
—¿Te gusta de verdad? —preguntó Leyla de pronto.
—¿Qué? ¿A qué te refieres?
—¡Génesis! Te gusta de verdad; podría decir que estás enamorado de ella.
—No sé de qué hablas.
—No lo niegues, sé lo que ha pasado con ustedes, también he notado cómo la miras y eso, mi querido amigo, se llama amor. —Lo sabía, estaba enamorado hasta los huesos. —Conozco a Génesis de toda la vida, es una mujer muy especial y merece ser feliz, merece ser amada por completo. ¿Puedes hacerlo tú?
Quería hacerla inmensamente feliz.
—¿Qué le ha pasado a mi hija? He visto una ambulancia llegar a la empresa y me anunciaron que Génesis está mal. —Matías entró desesperado a la habitación, seguido de los paramédicos; me hice a un lado para darles espacio.
—La llevaremos al hospital —anunció uno de ellos; caminé a la par de ellos para acompañarlos.
—¡Ethan! Necesito que te quedes a cargo —habló Matías—. Me iré en la ambulancia junto a mi hija. —Qué decepción, yo quería ir junto a ella, ¿pero con qué derecho? Me sentía todo un inepto.
—Yo te daré noticias de mi amiga, estoy segura de que estará bien. —Leyla salió de la oficina; al menos sus palabras me reconfortaron, pero no eran suficientes. No estar al lado de Génesis me enfurecía cada vez más, odiaba no tener el derecho de estar a su lado.
Los minutos se volvieron eternos, las horas pasaban y no tenía noticias de ella, solo quería que la jornada terminara e ir en búsqueda de ella. El resto del día fue un fiasco y un desastre para mí.
Leyla me envió un mensaje en que Génesis estaba bien, y que la darían de alta en un par de horas, pero eso no era suficiente para mí. Cuando el reloj marcó la hora indicaba me dirigí directo al hospital.
—Buenas noches, señorita —saludé a la recepcionista—. Estoy buscando a la señorita Génesis Wood.
—Buenas noches, si ella ya está con orden de salida, ¿usted viene por ella?
—Sí, así es… —Mentí. —¿Qué fue lo que le pasó?
—Bueno…el reporte indica que sufrió un colapso nervioso, uno tan grave que su cuerpo no resistió, a causa de emociones fuertes o estrés de los últimos días, pero ya está mejor, solo es cuestión de que ella esté tranquila. —Ese maldito de Tómas le había hecho algo y tenía que descubrir qué era.
—Gracias. —Caminé hacia la habitación indicada. Abrí la puerta de manera lenta. Génesis estaba en una camilla, con una bata de esas típicas de cualquier hospital; sus ojos estaban cerrados. Cerré la puerta y ella de inmediato los abrió y giró su rostro hacia mí.
—¿Ethan? ¿Qué …¿Qué haces aquí? —su voz se escuchaba débil.
Me acerqué de manera lenta. —¿Cómo estás? —interrogué. Sus labios estaban secos, su rostro pálido al igual que sus manos.
—Bien… supongo que bien… —
—¿Qué fue lo que pasó con ese inútil? —cuestioné, ella agachó su rostro—. Necesito saber qué fue lo que pasó y si es necesario matarlo.
—No hagas nada, por favor.
—Haría lo que fuera para que estuvieras bien —tomé su mandíbula con mis dedos y levanté su rostro— lo que fuera —sentencié—. Te amo tanto, osito de goma.
—No digas eso —giró su rostro.
—Es la verdad y yo sé que no te soy indiferente, yo también te gusto, ¿no es así?
—Tengo novio, Ethan —se excusó.
—Y yo una prometida… —Tomé otra vez su mandíbula y regresé su rostro hacia mí. —Dime a los ojos que no sientes nada por mí, que tu corazón no se acelera cuando estamos así de cerca —puse mi cara tan cerca que nuestras narices casi tocaban, unos cuantos milímetros, un solo movimiento y nuestros labios estarían juntos—. Escucho tus latidos a kilómetros.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA!