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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 76

GÉNESIS

—Lo entiendo, perfecto. Ya dijiste suficiente.

No había dicho lo suficiente. Quería decirle que iba a abandonar todo, que iba a quedarme con él.

Di dos pasos hacia él.

Pero recordé que eso sería imposible. Me di la vuelta y salí de aquella oficina. Tenía un nudo en la garganta y dolor en el corazón.

Llegué a mi oficina, olvidé que se encontraban Leyla y Felipe.

—¿Está bien? —preguntó Felipe.

—Muy bien, te aseguro que Ethan no volverá a molestar.

Leyla me miró; ella sabía que nada estaba bien.

—Es un imbécil, qué bueno que ya no vamos a verlo. —mencionó Felipe, al mismo tiempo que terminaba de limpiar su nariz.

—Sí, qué bueno que ya no vamos a verlo.

Felipe se terminó de limpiar sus manos y su cara y después se fue.

—Gracias, Leyla por dejar que Felipe se quede unos días en tu casa, mientras encuentra en dónde quedarse.

—Para eso somos las amigas. Pero sé que las cosas no están bien con Ethan, ¿qué fue lo que pasó?

—Lo que tenía que pasar. Todo terminó: se acabaron los juegos y los encuentros; ya nada. Lo que nunca tuvo que pasar. —Traté de sonar lo más firme posible y no quebrarme delante de Leyla, pero ella se acercó y me abrazó y no pude evitarlo.

Lloré, por lo que pudo ser y nunca será.

Fue un terrible error, un error que me había calado el alma y el corazón.

—Mi gordita, me duele verte así.

Pero debía mantenerme firme, pues mi vida iba a cambiar y Ethan quedaría en el olvido.

Me separé de mi amiga y limpié mi rostro.

—Debemos preparar nuestras maletas. En pocas semanas nuestro nuevo hogar nos espera.

(…)

Llegué a casa de mis padres, decidí pasar a visitar a Dafne y aproveché que sabía que Ethan estaba en la empresa.

Dejé estacionado el auto en la entrada, y entré a la casa; me llevé la sorpresa de encontrarme a Dafne y a mamá en la sala. Dafne estaba feliz, como si ella no hubiera intentado quitarse la vida, días atrás. El color de su piel había regresado a su cara, estaba maquillada y con una enorme sonrisa, llevaba puesto un vestido blanco.

—¡Genesis! —gritó al verme—. Ven, hermanita, tienes que ayudarme a elegir mi vestido.

Mi madre se asombró al verme, llevábamos días sin cruzar palabra. En el hospital solo nos saludamos, pero ya no dijimos nada.

—Ven, Genesis. —me indicó mi madre. Se acercó y me abrazó con fuerza—. Llegaste en el momento indicado; la estilista nos envió varios diseños para el vestido de Dafne.

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