Leyla entrecerró los ojos.
—Eres muy valiente, ¿lo sabías?
Solté una risa amarga.
—No me siento valiente.
—Pues lo eres —insistió—. Porque para abandonar a un hombre que amas, para dejarlo ir y fingir que no te importa… hace falta muchísimo valor. Aunque te lo digo de una vez: no estoy de acuerdo con tu decisión.
Bajé la mirada hacia mis manos.
Ni yo estaba de acuerdo con mi decisión.
Solo no encontraba otra salida.
—No sé cuál es la prisa de huir hasta Australia —continuó ella—. Lo haría si estuvieras escapando de la policía, de un asesino serial o de una secta peligrosa… ¿pero huir de una boda?
Levanté la cabeza de golpe.
—No quiero estar aquí para verlos casarse.
Mi voz salió más quebrada de lo que esperaba.
Leyla suavizó su expresión.
—Mi gorda…
—No quiero verlo en un altar con Dafne —seguí, tragándome el nudo de la garganta—. No quiero ver las flores, la música, la cara de felicidad de mi hermana, ni las revistas diciendo que son la pareja perfecta. No quiero respirar el mismo aire que ellos ese día. ¿Tan difícil es entenderlo?
—No, no es difícil de entender —dijo ella acercándose—. Lo que me cuesta entender es por qué estás tan decidida a irte con tanta prisa… y por qué sigues confiando en Felipe.
Fruncí el ceño.
—¿Otra vez con eso?
—Sí, otra vez con eso —espetó—. Hay algo de ese hombre que no me gusta. No sé explicarlo, pero no me convence. Esa facilidad de irse a otro país, de pegarse a tu plan, de decirte que te ama cuando apenas aparecía y ahora ya quiere vivir contigo allá… no sé, Génesis. No me gusta.
Negué con la cabeza.
—Estás exagerando.
—Ojalá.
—Felipe es una buena persona —defendí—. Ha estado conmigo en un momento difícil. Me ha apoyado. Se nota que me ama.
Leyla hizo una mueca.
—Está bien. No discutiré más… por ahora. —Tomó su bolso que estaba sobre la silla—. Iré a comprar unas cosas que nos faltan para el viaje. No tardaré mucho.
Asentí.
—Trae café —murmuré.
Me recosté en el sillón y cerré los ojos. Intenté imaginarme Australia. Nuevas calles. Nueva casa. Nuevo trabajo. Nueva rutina. Una vida distinta en la que no existiera Ethan Fox. Una vida donde mi hermana y él fueran apenas un recuerdo doloroso, algo lejano, casi borroso.
Pero ni siquiera en mi imaginación podía arrancármelo del pecho.
Maldito hombre.
Maldito amor.
Maldita yo por haberme enamorado.
El timbre sonó de pronto.
Abrí los ojos.
Miré la hora en el teléfono. Leyla no podía haber vuelto tan rápido. Me puse de pie y caminé hasta la puerta. Al abrir, me encontré con un hombre uniformado sosteniendo un sobre manila.
—¿Señorita Génesis Wood?
—Sí.
—Entrega para usted. Debe firmar aquí.
Fruncí el ceño.
—¿Quién lo envía?
—No tengo esa información, señorita.
Tomé el bolígrafo, firmé y recibí el sobre.
—Gracias.
Cerré la puerta y me quedé observándolo. No tenía remitente. Caminé lentamente hacia la mesa de centro, me senté y abrí el sobre con cuidado. Había varios documentos y fotografías. Al principio pensé que se trataba de algo relacionado con la empresa o con algún trámite del viaje.
Pero en cuanto vi la primera foto, el aire se me quedó atrapado en los pulmones.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA!