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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 79

Escuché la cerradura moverse.

Levanté la cabeza de golpe.

La puerta se abrió y Felipe entró al apartamento con expresión tranquila, como si nada. Traía una bolsa en una mano y las llaves en la otra.

—Olvidé mi cargador —dijo sin mirar demasiado—. Creo que lo dejé en la habita…

Su voz se apagó al verme.

Yo seguía sentada en el sillón, con las fotografías regadas sobre la mesa y los documentos abiertos frente a mí.

Su rostro perdió el color.

—Génesis…

Me puse de pie lentamente. Nunca había sentido tanta furia concentrada en el cuerpo.

—No digas mi nombre —dije con voz helada.

Felipe tragó saliva.

—Puedo explicarlo.

Solté una risa seca.

—¿Explicarlo? —Tomé una de las fotografías y se la lancé al pecho—. ¡Explícame entonces quién es ella! —Le arrojé otra—. ¡Explícame quién es ese niño! —otra más—. ¡Explícame por qué estás casado! ¡Explícame por qué tienes demandas por e****a! ¡Explícame por qué hay una orden de arresto contra ti!

Felipe retrocedió un paso.

—No es lo que piensas.

—¡Ah, no! —grité—. Entonces, ilumíname. Porque lo que yo pienso es que eres un maldito estafador, un oportunista y un cobarde que quería largarse a Australia conmigo para seguir viviendo de mi dinero.

—No iba a hacerte daño.

—¡Cállate!

Tomé la mochila que había dejado más temprano en una esquina y se la lancé. Después fui hacia la habitación donde estaban algunas de sus cosas. Abrí la puerta, tomé una camisa, unos zapatos, un neceser y empecé a sacarlo todo con una furia que me hacía temblar.

—¡Génesis, escúchame! —insistió él, siguiéndome.

—¡Ni un paso más! —lo señalé con el dedo—. Agradece que no estoy llamando a la policía ahora mismo.

Eso sí lo detuvo.

Vi el miedo en su rostro.

Entonces era cierto.

Todo era cierto.

—Yo pensaba decírtelo —murmuró.

—¿Cuándo? ¿Después de sacarme dinero? ¿Después de que te comprara una casa? —tomé otra de sus camisas y se la lancé a la cara—. ¡Lárgate de aquí!

—Mi matrimonio está roto desde hace tiempo —dijo con rapidez—. Esa mujer y yo ya no somos nada.

—Pero sigues casado.

—Lo del niño…

—¡También es tuyo! —espeté—. ¿Vas a negarlo? ¿Vas a decir que también es un sobrino, un ahijado o el hijo del vecino?

Felipe apretó la mandíbula.

—Tú no entiendes.

—No, el que no entiende eres tú —lo interrumpí—. Creíste que yo era una tonta, una mujer herida, fácil de envolver con palabras bonitas. Creíste que podías usarme y salir ileso. Pues te equivocaste.

Saqué una pequeña maleta de mano suya y la arrastré hasta la puerta.

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