ETHAN
Estaba dentro del auto, con las manos aferradas al volante y la mirada fija en la entrada del aeropuerto.
No podía creer que hubiera llegado a esto.
Yo, Ethan Fox, espiando desde la distancia a la mujer que amaba, solo para asegurarme de que se marchara bien… y sin ese imbécil.
El aeropuerto estaba lleno de movimiento. Autos entrando y saliendo, personas arrastrando maletas, familias despidiéndose, parejas besándose como si una despedida fuera el fin del mundo. Tal vez para algunos sí lo era.
Para mí lo era.
Entonces la vi.
Génesis bajó del vehículo con unas gafas oscuras, el cabello recogido y una expresión demasiado serena para alguien que estaba a punto de irse. A su lado iba Leyla, tan escandalosa como siempre, moviendo las manos mientras hablaba con el conductor.
Mi mirada se movió de inmediato detrás de ellas.
Busqué a Felipe.
No estaba.
Volví a observar, esperando verlo bajar en cualquier instante con esa sonrisa falsa de hombre bueno que tanto me daban ganas de romperle a golpes. Pero no. Felipe no apareció.
Una sonrisa amarga se dibujó en mi rostro.
Entonces sí había recibido el sobre. Lo había leído. Había visto la clase de basura que ese tipo era en realidad. Me recosté contra el asiento y cerré los ojos por un segundo. Al menos, antes de irse, Génesis no se iría engañada por otro desgraciado. No después de Tomás. No después de mí.
Porque sí, yo había sido el que mandó investigar a Felipe. Yo había sido el que recibió aquel informe, Y yo había sido el que se lo envió a Génesis sin poner mi nombre, sin darle una explicación. Lo hice porque no soportaba verla cometer otro error.
Y porque, aunque ella me hubiera arrancado el corazón con sus mentiras, aunque hubiera decidido marcharse, aunque prefiriera verme casado con su hermana… no iba a permitir que ese estafador se aprovechara de ella.
Vi cómo Leyla abrazaba a Génesis, cómo ambas tomaban sus maletas y caminaban hacia la entrada del aeropuerto. Génesis no miró atrás. Ni una sola vez. Como si le resultara fácil dejar esta ciudad. Como si le resultara fácil dejarme.
Apreté la mandíbula.
—Vete —murmuré para mí mismo—. Vete y sé feliz lejos de mí.
Pero ni yo mismo me creí esas palabras. La vi perderse entre la gente.No tenía nada más que hacer allí. Ella había tomado su decisión. Y yo tendría que tomar la mía.
Llegué a la empresa con el humor destrozado y el alma peor. Subí directo a mi oficina, pero apenas abrí la puerta, me encontré con Deivyd sentado frente a mi escritorio, moviendo una pluma entre los dedos.
—Vaya cara traes —comentó al verme entrar—. No hace falta ser adivino para saber que fuiste al aeropuerto.
Lo ignoré.
Caminé hasta el minibar, serví un poco de whisky y me lo tomé de un solo trago.
—Herrera llamó esta mañana —continuó mi amigo—. Dice que el negocio va muy bien y que espera el siguiente depósito cuanto antes.
Me giré hacia él.
—Lo tendrá. Después de la boda con Dafne. —respondí.
—¿Le dijiste a Matías sobre el negocio?
Solté una risa seca.
—No.
—¿Y piensas meter más dinero sin decirle nada?
—Voy a recuperar lo invertido y después lo depositaré nuevamente en las cuentas de la empresa. Nadie se enterará.
Deivyd se puso de pie de golpe.
—¡Ese no era el plan!
Lo miré con frialdad.
—Entonces, salte del negocio. Si no quieres participar, puedes irte en cualquier momento. No te estoy obligando.
Deivyd abrió los ojos con incredulidad.
—Estás actuando como un idiota. Estás siendo impulsivo. Desde que Génesis decidió irse, estás tomando decisiones de m****a.
Al escuchar su nombre, una furia oscura me recorrió el cuerpo.
—¡No la menciones! —grité.
Deivyd se quedó inmóvil. Respiré con fuerza, pero no sirvió de nada. La rabia seguía allí, subiéndome por la garganta como veneno.
—Ya no quiero escuchar su nombre —continué, bajando la voz, pero no la intensidad—. Ella ya tomó una decisión y yo estoy haciendo lo mismo. Estoy arrancando a Génesis Wood de mi corazón, así que no la vuelvas a mencionar.
Mi amigo negó lentamente con la cabeza.
—No te estás arrancando nada. Te estás destruyendo.
—Es lo mismo. —Se acercó al escritorio y apoyó ambas manos sobre la madera—. Si tanto te duele que se haya ido, deberías ir tras ella, no seguir empujándote a este maldito matrimonio.
Solté una carcajada amarga.
—¿Ir tras ella? ¿Para qué? ¿Para que vuelva a decirme que prefiere verme casado con Dafne? Ella prefirió irse. Prefirió dejar que yo me casara con Dafne. Esa fue su elección. Así que si a ella no le importó mi amor, yo voy a seguir con los planes que tenía desde el inicio.
—¿Casarte con Dafne?
—Sí —respondí sin titubear—. Voy a casarme con Dafne.
Las palabras salieron de mi boca con una firmeza que ni yo sentía.
—Al menos sabes a dónde se fue.
—No y lo prefiero así, es mejor que no lo sepa, porque puedo cometer la locura de ir “por casualidad”
Era mejor para los dos.
(…)
Dos días después, estaba frente al espejo ajustándome la corbata.Me veía impecable. Traje de diseñador. Zapatos italianos. Reloj perfecto.
El novio ideal para la boda del año. Por fuera, todo estaba en orden. Por dentro, estaba muerto.
El hotel entero se movía a mi alrededor como una máquina bien aceitada. Asistentes entrando y saliendo, llamadas, fotógrafos, gente del equipo organizando hasta el último detalle. Todo tenía que ser perfecto para la gran boda entre Ethan Fox y Dafne Wood.
—Te ves como un hombre feliz —murmuré con desprecio.
Mi teléfono comenzó a sonar. Fruncí el ceño al ver un número desconocido.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA!