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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 81

GÉNESIS

Australia no se parecía en nada a mi antigua vida.

Y no solo hablaba del lugar, de las calles o del acento extraño de las personas. Hablaba de todo. De la casa pequeña que ahora compartía con Leyla, del suelo lleno de cajas abiertas, de ropa tirada en un sillón, de tazas sucias sobre la mesa, de las cortinas aún sin colgar, del colchón que casi habíamos lanzado al piso porque ninguna tenía fuerzas para armar una cama decente.

Todo estaba hecho un desastre.

Y, aun así, aquel caos me gustaba.

Porque por primera vez en mucho tiempo, era un desorden que no venía acompañado de recuerdos dolorosos, ni de la sombra de Ethan Fox caminando por todos lados como si me persiguiera incluso en el aire que respiraba.

—Te juro que si mañana no organizamos esta sala, empezaré a cobrarte alquiler por cada caja que esté aquí —anunció Leyla desde el sillón, con una cuchara en la boca y un bote de helado de chocolate entre las piernas. La miré desde el suelo, donde estaba sentada doblando un par de blusas que saqué de una maleta.

—¿Cobrarme alquiler? —reí—. ¿Y con qué autoridad?

—Con la autoridad de esta casa, mi gorda. Yo soy belleza, orden, elegancia y disciplina.

Solté una carcajada. Leyla llevaba una pijama de ositos, el cabello recogido en un chongo torcido y una mascarilla verde en la cara. Parecía cualquier cosa menos elegancia.

—Lo dice la mujer que lleva media hora sentada tragándose mi helado.

—Nuestro helado —corrigió, levantando la cuchara—. Porque recuerda que ahora todo es de las dos: casa, gastos, problemas, traumas y hasta las crisis existenciales.

Le lancé un cojín y ella se echó a reír. Por un momento, me sentí bien. Tan bien que hasta olvidé lo mucho que me dolía el pecho cada vez que pensaba en la boda que seguramente ya se había llevado a cabo al otro lado del mundo.

No.

No iba a pensar en eso.

No iba a arruinar también mi nueva vida.

Me puse de pie con una mueca. Llevaba la misma pijama desde la mañana, una camiseta ancha y un short cómodo. No quería arreglarme para nadie.

—Voy por jugo —anuncié.

—Tráeme también.

Negué con la cabeza y caminé hasta la cocina. La casa era bonita. Sencilla, pero bonita. Tenía ventanas grandes, una sala acogedora y una cocina. Solo estábamos Leyla y yo. Dos mujeres intentando comenzar otra vez. Abrí la nevera y saqué el jugo. Pero apenas lo hice, un mareo extraño me obligó a sujetarme de la puerta.

Cerré los ojos. Todo me dio una pequeña vuelta.

—Genial —murmuré—. Lo que me faltaba.

Serví dos vasos y regresé con cuidado hacia la sala.

—Toma —dije.

Pero Leyla no respondió. Estaba demasiado concentrada en su teléfono. Fruncí el ceño.

—¿Qué haces?

Levantó la cabeza como si la hubiera atrapado robando.

—Nada. No es nada importante.

Me acerqué un poco más y la vi bloquear la pantalla con demasiada prisa.

—Leyla…

—Génesis, no importa.

Dejé los vasos sobre la mesa y extendí la mano.

—Dame el teléfono.

—No.

—Leyla.

—No te va a gustar.

Eso bastó para que mi corazón diera un golpe seco. La miré fijamente. Y sin esperar a que me diera permiso, me lancé sobre ella y le arrebaté el teléfono.

—¡Génesis! —protestó.

Pero ya era tarde. La pantalla seguía encendida.

Y ahí estaban. Las fotografías. Dafne vestida de blanco, sonriendo como la maldita reina del universo. Ethan con traje oscuro, impecable, guapísimo… y con una expresión tan seria que solo yo parecía notar entre tanta sonrisa falsa a su alrededor.

Había otra foto donde caminaban juntos. Otra donde ella lo miraba con adoración. Otra donde parecían a punto de darse el beso que sellaba su maldita boda perfecta.

—Solo tenía curiosidad —dijo Leyla en voz baja—. Quería saber si de verdad se había llevado a cabo.

No respondí.

Seguí viendo las imágenes, como si cada una fuera un castigo que merecía recibir. Ahí estaba Ethan.

Mi Ethan. No. Ya no era mío. Nunca lo fue.

Tragué saliva y le devolví el teléfono a Leyla con más calma de la que realmente sentía.

—No importa.

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