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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 82

ETHAN

—Ethan Fox —repitió el abogado con una voz perfectamente controlada—, ¿acepta usted contraer matrimonio con Dafne Wood?

El silencio era tan denso que podía sentirlo en la piel. Cientos de personas me observaban. Cámaras. Luces.

Había una voz firme diciéndome: “Prefiero que te cases con Dafne.”

Tragué saliva.

Sentí a Dafne a mi lado. —Ethan ¿que te pasa? —me sususrró Dafne.

El abogado aclaró la garganta, incómodo.

—Señor Fox…

Respiré profundo.

—Acepto.

Fue lo único que escuché dentro de mi propio cuerpo: el sonido de esa palabra cayendo como una sentencia. Dafne soltó un suspiro emocionado, como si hubiera estado conteniendo el aire hasta ese instante.

—Perfecto —continuó el abogado, rápido, como si quisiera cerrar el acto antes de que yo volviera a arrepentirme—. Procederemos con la firma.

Nos guiaron hacia la mesa. Firmé. Dafne firmó con una sonrisa enorme. Luego los testigos. Luego, más firmas. Más flashes. Más aplausos.

—¡Felicidades! —escuché voces.

Y entonces el abogado anunció oficialmente lo que el mundo quería oír:

—Declaro a Dafne Wood y a Ethan Fox… marido y mujer.

Hubo gritos, aplausos y una lluvia de felicitaciones. Dafne se giró hacia mí esperando el beso. Me acerqué, rozando su mejilla, lo justo para que la prensa captara el “momento romántico”.

El salón de la recepción parecía un escenario armado para una revista. La gente se me acercaba con copas de champán en las manos.

—¡Ethan, felicidades! —Mi amigo Deivyd se acercó, me dio un abrazo y palmeó mi espalda. Se retiró y se dirigió a Dafne—. Señora Fox, felicidades.

—Gracias, Deyvid. A

El presentador anunció el primer baile. Dafne tomó mi mano con emoción.

—Vamos —susurró—. Es nuestro momento.

La música sonó suave. Las luces bajaron. La prensa apuntó sus cámaras.

Y yo puse mi mano en su cintura, Dafne apoyó la cabeza en mi hombro.

—Te amo —me susurró.

No respondí. No podía decirle esas palabras, ni siquiera mintiendo. Todos nos veían como si el momento fuera hermoso, y quizá lo era para ellos.

—Voy a convertirme en la mejor esposa, Ethan. Te lo prometo. Voy a darte todo lo que quieras. Todo.

La miré. Le dediqué una sonrisa tenue, mecánica. Fingía muy bien.

La música terminó y más aplausos de nuevo. Muchos se tomaron fotos, abrazos. Matías fue el primero en acercarse, con esa expresión de hombre orgulloso y aliviado.

—Gracias, Ethan —dijo en voz baja—. Gracias por darle este momento perfecto a mi hija.

Yo solo asentí. Samantha se unió con una sonrisa perfecta.

—Ahora sí… al fin todo está en su lugar.

Y entonces, como si quisiera rematar la noche con una última dosis de veneno, lo dijo:

—Es una lástima que Génesis no pudiera estar aquí. Al parecer tuvo problemas con su vuelo.

Mi corazón reaccionó antes que mi mente. Un golpe seco. De nuevo ese dolor en el corazón. El maldito nombre.

Dafne soltó un suspiro teatral.

—Sí… —dijo con falsa tristeza—. Me hubiera encantado tener fotos con mi hermana.

Esto solo era un show, un teatro, un acto de novela romántica y yo estaba en el centro como el principal protagonista. Solo quería salir corriendo, pero como hombre de palabra estaba aquí y me prometí que haría feliz a Dafne, que iba a cumplir con mis objetivos y Génesis… Génesis iba a enterrarla bajo tierra.

Horas después, la recepción terminó.

La “pareja perfecta” debía irse.

Los invitados comenzaron a despedirse. La prensa tomó las últimas fotos. Samantha prácticamente escoltaba cada paso para asegurarse de que nada arruinara la imagen impecable de la boda. Un auto negro nos esperaba afuera. El chofer abrió la puerta. Dafne entró primero, feliz.

—Al hotel —indicó Samantha—. Mañana temprano salen de su viaje recién casados.

—Gracias, mamá —respondió Dafne.

El auto arrancó. Durante el trayecto, Dafne no dejó de hablar.

—¿Te das cuenta? —decía emocionada—. ¡Ya somos marido y mujer! No puedo creerlo… esto es como un sueño. Cuando te conocí, no imaginé que te ibas a convertir en mi esposo. Juntos por siempre.

Ella enlazó sus manos con las mías. Me sentí culpable por no dar lo mejor de mí mismo en esta relación, pero esto iba a cambiar.

Tomé a Dafne por el rostro y la besé lentamente; ella no era culpable de que fuera un insensible emocional, ella merecía a un hombre comprometido e iba a convertirme en eso.

Llegamos al hotel. La tomé de la mano y caminamos hasta tomar el ascensor. Cuando las puertas del ascensor se cerraron, Dafne levantó el rostro hacia mí. Y entonces soltó una pregunta que no esperaba.

—¿En verdad la amas?

Me giré lentamente.

—¿De qué hablas?

—No te hagas el tonto, Ethan —susurró—. No soy tan ingenua como creías.

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