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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 90

Leyla llegó tarde.

Danilo y yo estábamos en la sala de juntas desde hacía quince minutos, repasando por última vez la presentación y fingiendo calma.

Yo no estaba calmada.

Después del golpe, después del escándalo, después de haber perdido a Noah Hall por un impulso de Leyla… que él estuviera allí de nuevo era un milagro.

—¿Ya viene Leyla? —pregunté por tercera vez, mirando la puerta como si con eso fuera a aparecer.

Danilo intentó sonreír.

—Tal vez se le hizo tarde. No es el fin del mundo.

Cuando por fin la puerta se abrió, Leyla entró casi corriendo, acomodándose el cabello, con el bolso apretado contra el pecho y una respiración agitada. Traía cara de guerra, como si hubiera venido peleando con el universo entero.

Entró a la sala de juntas y se quedó quieta un segundo. Yo también. Porque Noah Hall estaba allí. Sentado al frente. Impecable. Saco perfecto. Mirada fría. Atento a la pantalla donde estaba proyectada nuestra presentación.

La nariz ya no sangraba, pero se notaba una leve marca. Y esa marca era el recordatorio de que Leyla tenía puños de boxeadora. Leyla se tragó la sorpresa, se acercó en silencio y se sentó a mi lado. No dijo una palabra, pero yo la conocía demasiado: por dentro se estaba sintiendo triunfadora.

Como si el universo le estuviera diciendo: “¿Viste? No lo arruinaste. Todo se arregla.”

Ojalá.

Yo continué hablando.

Expliqué proyecciones.

Segmentos de mercado.

Plan de expansión.

Estrategia de alianzas.

Mientras hablaba, me obligué a ignorar el peso de la mirada de Noah sobre mí, sobre Danilo, sobre Leyla. Cuando terminé, el silencio en la sala se volvió denso. Noah no aplaudió. No sonrió. Solo se acomodó en su asiento y cruzó una pierna con calma.

—¿Qué piensas? —preguntó Danilo, directo, intentando sonar tranquilo.

Noah levantó la mirada hacia él.

—Tengo dos condiciones para aceptar ser su socio —pronunció, con una voz firme que no dejaba espacio a negociación emocional.

Mi pecho se apretó.

—¿Cuáles? —pregunté.

—Primero —dijo— quiero una oficina en este edificio.

Danilo asintió de inmediato.

—No hay problema con eso.

Yo también asentí. Eso era fácil.

Noah continuó, sin prisa.

—Y segundo… quiero que la señorita Wilson sea mi secretaria personal.

Sentí que el aire se me iba. Leyla se tensó a mi lado como una cuerda lista para romperse. Yo giré despacio y la miré. Su mirada decía exactamente lo que yo temía:

“Ni muerta.”

Leyla abrió la boca. Yo alcé la mano con discreción, como para pedirle que se calmara, que no hablara, que no se disparara sola.

Pero Leyla no era de las que se quedaban calladas. Y antes de que ella explotara, Noah miró su reloj, como si nada, como si esa petición fuera la cosa más normal del mundo. Fue entonces cuando Leyla apretó los labios con una rabia vieja.

RECUERDO DE LEYLA (POV Leyla)

—¡Buenas tardes! Busco al señor Noah Hall —Su secretaria me miró de arriba a abajo, también muy guapa.

—¡Permítame! —dijo con voz de arpía—. Disculpe, señor, pero lo busca una señorita… ¿Cómo es que te llamas? —preguntó

—Leyla Wilson, secretaria de Génesis Wood —respondí

—Me indica que se trata de la señorita Leyla Wilson, secretaria de Génesis Wood … Ya está… perfecto … Yo le indico —ella colgó el teléfono y me dio una sonrisa de bruja—. El señor está muy ocupado para recibirla, dice que puede regresar la próxima semana.

¡La próxima semana! ¿Qué rayos se creía este engreído? Empuñé mis manos, quería lanzar groserías, pero tenía que tener calma, necesitaba hablar con urgencia con él. Lo estaba haciendo adrede para no recibirme.

—¡Muy bien!, gracias —miré a mi alrededor. Tenía que encontrar alguna manera para distraer a la secretaria y buscar la oficina de Noah. De pronto se me ocurrió algo.

Empujé con mi codo un vaso que tenía una mezcla extraña, cayendo sobre la estirada secretaria.

—Pero, ¿qué haces? —reclamó.

—Perdón, fue mi culpa. —quise limpiarla con mis manos, pero ella se enojó y se fue.

Ese fue el momento perfecto. Me acerqué a las oficinas y abrí con cuidado cada una de ellas, hasta que, casi llegando al final, lo encontré.

No pedí permiso. Entré de un solo en la oficina.

Él estaba en su escritorio, concentrado en su computadora. Hasta de esa manera se miraba guapo.

¡Cálmate, Leyla!

—Ya te dije que no quiero hablar con nadie, especialmente si son secretarias locas e histéricas —mencionó.

Carraspeé y levantó su rostro. Se sorprendió por unos segundos, pero después regresó su mirada a la computadora, ignorándome por completo. Me acerqué con cautela y me senté en una silla frente a su escritorio. Jalé aire, necesitaba valentía para decir lo que seguía.

—¡Lo siento! —musité.

Él ni siquiera me hizo caso.

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