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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 92

DAFNE

Me puse el vestido con prisa. La habitación del hotel olía a perfume caro y a sudor ajeno. La luz era tenue, la música estaba baja y el hombre detrás de mí se acomodaba la corbata. A mí me daba igual. Solo quería terminar con esto rápido.

Me miré al espejo mientras me soltaba el cabello. Tenía el maquillaje perfecto, la piel impecable, el cuerpo que todos deseaban… y aun así, por dentro, sentía un vacío que no se llenaba con nada.

De pronto, una náusea me subió desde el estómago. Me llevé una mano a la boca y corrí al baño. Me arrodillé frente al inodoro y respiré con dificultad. No vomité, pero la sensación fue asquerosa, como si mi cuerpo quisiera expulsar algo que no existía.

Me enjuagué la boca, me miré al espejo y vi mis propios ojos. Salí del baño con una toalla en la mano, intentando mantener la dignidad.

El hombre me miró con una media sonrisa.

—¿No estarás embarazada? —preguntó, burlón.

Solté una risa seca.

—No digas tonterías.

Fui hacia mi bolso, saqué un fajo de billetes y se lo lancé a la cama como si estuviera pagando por silencio.

—Toma.

Él miró el dinero y sonrió, satisfecho. Porque eso era. Él era un gigoló. Uno distinto cada semana, si me aburría del anterior. No era amor. Era distraerme. Era castigarme a mí misma para no pensar en lo único que de verdad quería.

El hombre se levantó sin prisa, se puso la camisa y empezó a abotonarla.

—Nos vemos la próxima semana, princesa —dijo con descaro.

—No lo creo —respondí, sin mirarlo.

Él se encogió de hombros, tomó el dinero y se fue. La puerta se cerró. Y el silencio volvió. Me lancé sobre la cama, boca arriba, con los brazos abiertos, como si me hubieran arrojado ahí.

Una vez más. La misma rutina. Un gigoló. Un hotel. Unas náuseas estúpidas. Y la maldita sensación de embarazo que no existía.

Cerré los ojos y dejé que mi mente repasara mi vida como una película absurda.

Desfiles.

Fiestas.

Portadas.

Entrevistas.

Hombres que me deseaban.

Mujeres que me odiaban.

Y yo… yo todavía pensando en Ethan.

Siempre, Ethan.

Los síntomas comenzaron pocos días después de mi boda.

Náuseas. Mareos. Antojos. Sensibilidad en el pecho. Yo estaba segura. Segurísima. Creí que era el golpe final. El amarre perfecto. Incluso se lo conté al propio Ethan.

Pero fui al médico. Me hice pruebas. Una tras otra. Todas negativas.

No había embarazo. Nada. Y aun así… jamás se lo desmentí a Ethan. Porque yo no necesitaba que fuera verdad. Solo necesitaba que él lo creyera.

Me levanté con fastidio y terminé de arreglarme. Me veía como siempre: impecable. Intocable. Perfecta. Tomé mis llaves y salí del hotel como si fuera la reina del mundo.

En el estacionamiento, mi auto me esperaba. Conduje con calma al inicio, pero mientras avanzaba, mi pecho se apretaba. Porque hoy era día de visita. El día que yo misma me regalaba cada mes. El único momento en que podía verlo.

Y aunque me odiara, aunque me mirara con asco… verlo así me hacía sentir algo.

La cárcel apareció al final de la avenida, gris, fría, como un lugar donde la vida se pudría lentamente. Me bajé del auto con la cabeza en alto. Yo no iba a caminar como una mujer triste. Yo era Dafne Wood. La mujer más bella de este mundo. La esposa de Ethan Fox.

Entré, pasé los controles, fingí una sonrisa al guardia y me guiaron al área de visitas.

Y entonces lo vi.

Ethan.

Con el uniforme de preso, la barba crecida, el cabello alborotado… y aun así, seguía siendo el hombre más atractivo que yo había tenido frente a mí.

No podía evitarlo. Cada vez que lo veía, algo en mi interior se revolvía. Era obsesión. Era necesidad. Era posesión.

Me senté frente a él con elegancia.

—Hola, mi amor —dije, suave.

Ethan levantó la mirada lentamente. Su expresión era pura oscuridad. No respondió.

Solo me miró como si quisiera atravesarme con los ojos. Me incliné un poco, fingiendo preocupación.

—Veo que tienes una herida en la ceja —murmuré—. ¿Otra vez te peleaste? No deberías permitir que golpeen tu hermosa cara.

Ethan soltó una risa sin gracia.

—¿Ahora sí te preocupo? Cuando me has mantenido aquí encerrado, sin que nadie sepa de mi ubicación.

Fruncí el ceño.

—Eres muy malagradecido, cariño.

—Quiero matarte con mis propias manos, Dafne.

No me moví. No me asusté. Solo sonreí. Porque en el fondo, eso también me excitaba: su odio.

—No lo haces por una razón —dije con voz dulce—. Por nuestro hijo.

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