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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 93

ETHAN

Regresé a mi celda con el olor de Dafne pegado a la ropa.

Ese perfume caro, elegante, insoportable… era lo único “fino” que tocaba aquí dentro, y aun así me daba asco. Porque no importaba cuántas veces viniera, no importaba cuántas veces dijera “mi amor” con esa voz dulce, yo solo veía su sonrisa cuando me arrestaron.

La sonrisa de una mujer que gana.

Llevaba más de cuatro meses encerrado.

Cuatro meses de rutina sucia, golpes, gritos, comida mala y silencio.

El peor silencio era el que no se escuchaba: el de mi madre, Vanesa. El de mi hermana, Ashly. El de Deivyd.

Ni una llamada.

Ni una carta.

Ni una visita.

Nada.

Solo Dafne, una vez al mes, como si viniera a alimentar su ego.

Lo entendí rápido: ella compró el silencio. Compró a quien tuviera que comprar. Compró la versión oficial de mi historia.

Y seguro le vendió a mi familia una mentira que todavía no podía imaginar. Tal vez les dijo que yo la abandoné, tal vez les dijo que me convertí en un monstruo, tal vez les dijo que era peligroso acercarse. Lo que fuera… funcionó.

Se supone que estaba embarazada y eso era lo único que me hacía poderla soportar.

Golpeé la pared con el puño. No sabía cuánto tiempo iba a quedarme. No sabía cuándo iba a salir. No sabía si alguna vez iba a salir.

Mientras tanto, tenía que sobrevivir.

Eso era todo.

Sobrevivir.

No podía pensar demasiado. Pensar era peligroso, porque cuando pensaba, mi mente siempre terminaba en el mismo lugar.

Génesis.

En su voz.

En su cuerpo temblando en mis brazos.

En su mirada cuando me dijo que prefería que me casara con Dafne.

“Te iba a arrancar del corazón”, me prometí aquella vez.

Qué mentira más grande.

Aquí, encerrado, la amaba incluso más. Porque el amor se vuelve enfermedad cuando no puedes tocarlo. El almuerzo llegó con el mismo ruido de siempre: bandejas metálicas, pasos pesados y guardias gritando órdenes.

Me levanté y caminé hacia el punto donde entregaban la comida. Agarré mi bandeja y volví con calma, sin mirar a nadie. Apenas di dos pasos, alguien chocó contra mí.

La bandeja se fue al suelo.

La comida se desparramó.

No tuve que girarme para saber quién era.

—Ups —dijo una voz burlona—. Qué torpe.

Felipe.

El mismo imbécil que yo mandé al infierno… y que ahora compartía conmigo este infierno.

Lo miré lentamente.

Su sonrisa era la de siempre: falsa, sucia, provocadora. Tenía el labio lastimado todavía, como recuerdo de la última vez que intentó jugar conmigo. Aquí dentro, los golpes se curaban lento, pero el orgullo se curaba menos.

—No hagas que te recuerde nuestra última pelea —murmuré, con la voz baja.

Felipe se inclinó un poco hacia mí.

—Tengo muchos días para cobrar venganza, Fox.

Me quedé quieto.

—Los dos vamos a pasar muchos años aquí —continuó—. Tú por ladrón, yo por estafador. Qué bonita pareja hacemos.

Mi mandíbula se tensó.

—Y además —sonrió más—, tenemos algo en común.

No dije nada.

Felipe se acercó otro paso, disfrutando el veneno.

—Amamos a la misma mujer… y a los dos nos abandonó.

Mi puño se cerró. Sentí el impulso de romperle la cara ahí mismo, contra el piso. Sentí la sangre subir como un volcán. Pero no.

No podía ir a celda de castigo.

No hoy.

No otra vez.

Aquí el que perdía el control, perdía más que una pelea. Felipe notó mi contención y se burló.

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