GÉNESIS
Subí al estudio de mi padre con el corazón apretado.
No era solo por la empresa. Era por todo lo que esa casa representaba. Las paredes. Los cuadros. Cuando entramos, cerró la puerta y suspiró.
—Siéntate, hija —dijo.
Yo me senté frente a él y endurecí mi mirada.
—Papá —empecé sin rodeos—. Sé que la empresa está en graves problemas. Y por eso regresé.
Él frunció el ceño.
—¿Cómo lo sabes?
Lo miré directamente.
—Estoy decepcionada —respondí—. De que no me tuvieras confianza para decirme lo que estaba pasando. Soy tu hija. Y he trabajado en esa empresa, pude ayudarte.
Mi padre apretó la mandíbula.
—No quise involucrarte.
—Pues lo lograste —dije, conteniendo el enojo—. Me mantuviste lejos… y la empresa se está cayendo.
Mi padre bajó la mirada por un segundo y luego la levantó con algo parecido a tristeza.
—Fue un golpe duro, Génesis —admitió—. Primero descubrimos que había un espía. Alguien filtraba información a la competencia. Todavía no logramos encontrarlo.
—Y luego… —continuó mi padre, con la voz más áspera— vino lo de Ethan.
Sentí que el pecho se me apretaba. Él golpeó el escritorio con la palma.
—Ethan se robó dinero de la empresa y abandonó a Dafne. Se burló y se aprovechó de esta familia, nos dejó en la bancarrota, mientras que él derrocha nuestro dinero. Quisiera…quisiera tenerlo en frente para ahorcarlo con mis propias manos.
Cerré los ojos un segundo. No quería escuchar eso de su boca.
—Papá…
—Yo traté de arreglarlo todo —dijo él, apretando los dientes—. Los problemas familiares, el escándalo, el golpe a la imagen, los proveedores, los bancos… He hecho de todo para sostener este imperio con las uñas. Pero… —soltó un suspiro largo—. Ahora todo se está saliendo de mis manos.
Me conmovió ver a mi padre así. Porque Matías Wood nunca se derrumbaba. Yo me incliné hacia él y tomé sus manos.
—Por eso estoy aquí —le dije—. He logrado que la empresa de Dalia y su padre considere ser nuestros clientes, quieren de nuestra materia prima.
Matías me miró con sorpresa.
—¿Dalia? La mujer que Dafne le rompió la nariz.
—Sí —asentí—. No ha sido fácil, pero… tengo un puente. Y traje a alguien que puede ayudarnos a cerrar ese trato. Hablé con el padre de Dalia y mañana estará en la empresa para escucharnos y cerrar el trato.
Mi padre se quedó callado, como si su mente estuviera procesando por fin una posibilidad real de salvación.
—Hija… —susurró—. Perdóname. De verdad no quería involucrarte.
Apreté sus manos sobre el escritorio.
—Todo va a estar bien —le prometí—. No voy a dejar que el patrimonio de la familia se pierda.
Mi padre tragó saliva y me apretó las manos como si fuera un salvavidas.
—Gracias.
—¿Tu regreso es definitivo? —preguntó.
Negué con suavidad.
—No, papá. Solo será por un par de semanas. En Australia todo va muy bien. Tengo un socio nuevo que nos dará el impulso que necesitamos.
—Me siento orgulloso de ti.
Bajó la mirada y luego se levantó. Se acercó y me abrazó con fuerza. Yo le devolví el abrazo.
Me sentía tan fatal ocultarle un secreto tan importante como lo era mi embarazo, estaba seguro de que él sería el abuelo más feliz del mundo.
(...)
Estábamos sentados en la mesa: mamá, papá y yo. Mi madre no paraba de hablar de la felicidad de tenerme en casa nuevamente.
Mi madre, Samantha, me observaba mucho. Como si quisiera encontrar en mi rostro una explicación de por qué me veía distinta. Más delgada. Más serena. Más… adulta.
De pronto escuchamos tacones.
Dafne apareció bajando las gradas, impecable como siempre, con un vestido claro y una maleta en la mano.
—Buenos días —dijo con una sonrisa rápida.
—¿A dónde vas con maleta? —cuestionó mi madre.
—Voy a salir de viaje por trabajo.
Mi madre frunció el ceño.
—No me dijiste nada.
—Salió de imprevisto —respondió Dafne—. Y voy a aprovechar para tomar unas vacaciones también.
La manera en que lo dijo me molestó. Como si ella tuviera derecho a vacaciones mientras la empresa se estaba hundiendo.
Papá la miró con cansancio.
—Cuídate —dijo solamente.
Dafne le dio un beso rápido en la mejilla, luego a mamá, y por último me miró a mí.

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