GENESIS
—¿Novios? —inquirió mi papá.
—Matías —dijo con tranquilidad—, ¿usted no sabía de la relación de nuestros hijos?
Mi padre se quedó serio. Lo vi parpadear, como si no entendiera lo que acababa de escuchar.
—¿Relación? —preguntó él, mirándome—. ¿De qué relación habla?
El señor Anderson sonrió, como si fuera obvio.
—De Génesis y Danilo. Danilo me dijo que son pareja.
Sentí que se me apretaba el estómago. Danilo se adelantó rápido, como queriendo apagar el incendio antes de que empezara.
—Señor Matías —saludó—, es un honor conocerlo. Gracias por recibirnos.
Mi padre le estrechó la mano, pero no apartó la mirada de mí.
—Papá… —murmuré—. Iba a contártelo.
Él frunció el ceño.
—¿Ibas?
—Sí —respondí, sosteniéndole la mirada—. Pero no quiero que los negocios interfieran con asuntos personales.
El señor Anderson soltó una risa ligera.
—Me gusta la discreción —comentó—. Pero igual, los felicito.
Mi padre no dijo nada más. Se notaba incómodo, pero no iba a discutir conmigo frente a gente extraña. Danilo respiró como si hubiera salido bien, aunque todavía se le notaba la tensión en los hombros.
El señor Anderson se acomodó el saco y volvió a lo importante.
—Traigo a otra persona para que ayude en el trato —anunció.
Yo fruncí el ceño.
—¿A otra persona?
—Sí —respondió, y caminó hacia la puerta.
La abrió y entró Dalia.
Mi cuerpo se tensó al instante. No porque me diera miedo, sino porque sabía lo que podía provocar con solo abrir la boca.
Dalia entró como si estuviera en su propia empresa. Traje impecable, tacones firmes, mirada fría. No saludó con cariño.
—Este sitio me trae malos recuerdos —dijo, y se tocó la nariz.
Yo respiré hondo y la saludé con calma.
—Dalia. Me alegra verte.
Ella me miró como si mi frase fuera un chiste.
—No te confundas, no vine por ti.
El señor Anderson carraspeó.
—Dalia, estamos aquí por negocios.
—Eso espero —respondió ella sin sonreír.
Yo no quería discutir en la entrada. Así que los invité a pasar.
—Vamos a la sala de juntas —dije—. Ahí hablamos con calma.
Nos movimos todos. Mi padre caminaba serio. Will venía detrás. Danilo se quedó a mi lado, como recordándome que no estaba sola.
En la sala de juntas me puse al frente. Ese era mi terreno. Hablar, convencer, sostener la negociación.
—Las empresas Wood tienen infraestructura, experiencia y calidad —comencé—. Este acuerdo no es solo una compra. Es una alianza que puede beneficiarnos a todos.
Dalia soltó una risa corta.
—¿“Calidad”? —repitió—. Interesante, considerando que su empresa está en problemas económicos.
Mi padre se tensó. Yo lo noté en su cara.
—Hemos tenido desafíos —admití—. Pero seguimos operando. Y tenemos la capacidad para cumplir. Lo que ofrecemos es volumen, estabilidad y un precio competitivo.
Dalia se recostó en la silla.
—¿Y mi familia debería arriesgar dinero en una empresa que se está cayendo? —preguntó—. ¿Para que alguien vuelva a desaparecer con el dinero, como Ethan Fox?
Sentí un golpe en el pecho al escuchar ese nombre. Aun así, me quedé firme.
Mi padre habló con dureza.
—Ethan Fox nos traicionó. No representa a esta empresa.
Dalia alzó una ceja.
—Entonces aceptas que hubo robo.
Mi padre apretó los dientes, pero no se dejó.
—Acepto que hubo un delito. Y lo estamos enfrentando.
Yo intervine rápido, antes de que esto se volviera una pelea.
—Dalia, entiendo tus dudas —dije—. Pero ustedes conocen nuestra materia prima. Saben lo que entregamos.
Danilo se inclinó hacia la mesa y apoyó el argumento.
—Si ustedes se vuelven clientes de Wood, obtienen beneficios reales —explicó—. Prioridad en entregas, acuerdos por volumen, mejores tiempos y un suministro constante. Eso nos permite planificar la producción sin depender de terceros.
Sonreí triunfante, Danilo había hecho su tarea y se estaba esmerando en que el trato se llevara a cabo.
El señor Anderson miró a Dalia, serio.
—Danilo tiene razón.
Dalia apretó la mandíbula.

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