GÉNESIS
Me quedé helada al verlo.
No me lo esperaba. Deivyd tenía mi mano atrapada con fuerza, como si tuviera miedo de que yo saliera corriendo. Yo reaccioné antes de pensar.
Le di una cachetada.
El golpe sonó fuerte en el estacionamiento.
—¡Este mensaje va dirigido a Ethan!
Deivyd se tocó la mejilla, pero en vez de enojarse… sonrió.
—Me alegra verte, Génesis.
Yo apreté los dientes.
—No vengas con eso.
Deivyd bajó la voz y miró alrededor, como si temiera que alguien lo estuviera observando.
—¿Puedo subir a tu auto? —pidió—. Por favor.
Lo miré un segundo, desconfiada. Pero mi corazón estaba golpeando demasiado rápido. Asentí.
—Sube.
Deivyd entró del lado del copiloto y cerró la puerta. Yo rodeé el auto y me senté al volante. Encendí el motor solo para tener la sensación de que podía irme cuando quisiera.
Deivyd me miró de arriba abajo.
—Te ves… linda —dijo, como si estuviera hablando de cualquier cosa.
Yo apreté el volante.
—No me halagues, Deivyd. No vine a escuchar palabras bonitas. Dime dónde está Ethan.
Deivyd soltó un suspiro.
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes? Tú eres su amigo y podría decir que su cómplice.
—No lo sé —repitió—, pero sí puedo asegurarte algo: Ethan no es un ladrón. No huyó como un cobarde.
Me reí, amarga.
—Eso dice todo el mundo, Deivyd. Que robó y desapareció.
—No le creas a todo el mundo —espetó—. Ethan estaba destruido, Génesis. Destruido. No quería casarse con Dafne, pero aun así aceptó. Aceptó su destino. Tú lo dejaste, lo incitaste a casarse con alguien que no amaba.
Me quedé quieta, escuchándolo. ¿Ahora todo era mi culpa?.
Deivyd continuó, mirándome con seriedad.
—Y Ethan no es cobarde. Tampoco se iba a ir sin decirle nada a su madre o a su hermana. Él ama a Vanesa y a Ashly. Ethan no abandona a su familia.
Tragué saliva.
—Entonces… ¿por qué no da la cara? —pregunté con la voz más baja—. ¿Por qué nadie lo encuentra?
Deivyd apretó la mandíbula.
—Porque algo malo le pasó.
—¿Qué?
—Algo malo —repitió—. Y Dafne es la única que sabe.
—¿Me estás diciendo que mi hermana…
—No estoy diciendo nada —me interrumpió rápido—. Solo te digo lo que yo creo. Lo que huele raro. Y todo esto… huele raro.
Mi estómago se apretó. Dafne no podría ser capaz.
—Dime todo —exigí—. Aquí. Ahora.
Deivyd negó.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque no es seguro —dijo—. Ni para ti, ni para mí. Y menos aquí, cerca de la empresa.
Me frustré.
—Entonces ¿para qué viniste?
Deivyd se inclinó un poco hacia mí.
—Para pedirte que nos veamos en el Club Fantasía.
Yo abrí los ojos.
—¿Estás loco? ¿De qué demonios estás hablando?
—No faltes, Génesis —pidió—. Te lo suplico. Necesito contarte cosas. Pero no puedo quedarme mucho tiempo. Si me ven aquí, voy a tener problemas.
Mi corazón latía demasiado rápido. Estaba buscando respuesta y al parecer Deivyd las tenía.
—Deivyd…
—Nos vemos en el Club Fantasía —insistió—. Esta noche.
Abrió la puerta del auto.
—No faltes.
Y se fue.
Me quedé inmóvil, con las manos en el volante y el corazón en la garganta.
No sabía si estaba temblando por rabia o por miedo. Deivyd acababa de decirme que Ethan no era un ladrón. Que algo malo le había pasado. Que Dafne sabía. Y yo… Yo no sabía qué creer. Me negaba a aceptar que Dafne fuera tan malvada de hacer daño, ella podía ser superficial y empatica con los demás, pero ella me juró amr a Ethan, así que no podía creer que fuera capaz de hacerle daño.
Mi teléfono vibró.
Miré la pantalla.
Leyla.
Contesté.
—¿Aló?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA!