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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 98

GÉNESIS

Me senté en una cafetería cerca del centro, con un té caliente frente a mí y un silencio raro en el pecho. Acaricié mi vientre con suavidad. Era un gesto que ya me salía sin pensarlo. Como si mis manos buscaran a mis bebés cada vez que yo sentía miedo.

—Parece que su papá no es tan malo como todos suponen —susurré, mirando hacia la ventana—. Y yo voy a descubrir la verdad. Se los prometo.

No sabía si me escuchaban, pero hablarles me calmaba.Yo siempre creí que mi sacrificio había valido la pena. Me fui pensando que Dafne y Ethan tendrían un matrimonio feliz. Que él se casaría con ella, se enamoraría de ella con el tiempo y todo quedaría atrás.

Me equivoqué.

Si Dafne estaba saliendo con gigolós, si estaba entrando a habitaciones privadas en un club de sexo, si Ethan estaba “desaparecido” y su propia madre estaba a punto de morir por el dolor… entonces nada había sido un final feliz.

Era todo lo contrario.

Mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Danilo.

“Ya estoy afuera del hotel. Dafne no ha salido.”

Tragué saliva. Le pedí a Danilo vigilar a Dafne, seguir cada uno de sus pasos, mi hermana tenía secretos, y yo iba a descubrirlos.

“No te muevas. No la pierdas de vista. Cualquier cosa me avisas.”

Guardé el teléfono y respiré hondo.

De pronto vi a Deivyd entrar a la cafetería. No venía solo. Venía con un hombre. El hombre se veía nervioso desde lejos. Camisa formal, manos inquietas, mirada inquieta. Caminaba como si no quisiera estar allí, como si cada paso le pesara.

Deivyd lo guió hasta mi mesa.

—Génesis —dijo, serio—. Aquí está.

—¿Y ella qué hace aquí? —le reclamó a Deivyd—. Se suponía que era una reunión de nosotros dos.

Yo levanté la mano, calmada.

—Siéntate —le pedí al hombre—. No vine a pelear. Solo quiero charlar.

Él dudó, pero al final se sentó. Se veía incómodo. Como si tuviera la culpa pegada en la frente. Yo no perdí tiempo.

—Yo sé sobre tu trato de inversión con Ethan Fox —dije directo—. Sé que hablaban de millones y que supuestamente hubo un movimiento de seis millones.

El hombre se puso tenso.

—Eso ya se lo expliqué a Deivyd…

—Explícamelo a mí —lo interrumpí—. Porque en la empresa ese dinero no regresó a las cuentas. Entonces, ¿qué pasó?

El hombre tragó saliva.

—Yo no tengo nada que ver con eso.

—No juegues conmigo —dije—. Hay un caso contra Ethan Fox y sus cómplices. Si tú estás involucrado y no hablas, vas a terminar en la cárcel.

El hombre abrió los ojos, asustado.

—¡No! Yo… yo no…

—Entonces habla —lo presioné—. ¿Quién te envió? ¿Quién te pagó? ¿Cuál era el plan real?

El hombre miró a Deivyd como buscando ayuda, pero Deivyd no lo salvó. Solo lo miró serio, como diciendo: “dilo”.

—Está bien… —murmuró, y su voz tembló—. Me contrataron.

—¿Quién? —pregunté.

—No lo sé —dijo rápido—. No sé el nombre real. Fue a través de intermediarios. Me pagaron para convencer a Ethan de invertir. Me ofrecieron cien mil dólares.

Yo me incliné hacia el hombre.

—¿Cien mil?

—Sí —asintió con desesperación—. Yo acepté porque… era dinero fácil. Solo tenía que presentarle el negocio, darle confianza, insistir. Eso era todo.

Me quedé mirándolo, sin pestañear.

—¿Y el dinero? —pregunté—. ¿Qué pasó con los seis millones?

El hombre negó rápido.

—Yo no sé. Yo… yo solo sé lo que me dijeron. Se suponía que el dinero iba a regresar. Que todo era “un movimiento temporal” para probar algo. Eso me dijeron. Yo no toqué ese dinero. Yo no lo vi.

—¿Y por qué estás tan nervioso? —lo presioné.

El hombre tembló.

—Porque… porque ahora todo se salió de control. Yo pensé que esto era un juego de empresarios. Un trato sucio, sí, pero no… no cárcel. Yo no quiero ir a la cárcel, por favor.

Lo miré fijamente. Si esto era verdad, entonces Ethan cayó en una trampa. Una trampa hecha para que su nombre quedara manchado. ¿Dónde estaba Ethan?

—Mírame —le ordené al hombre—. Si cuentas la verdad, yo no voy a meterme en problemas contigo. Pero vas a tener que colaborar.

El hombre asintió con desesperación.

—Sí… sí, lo haré. Lo juro.

—Bien —dije—. De ahora en adelante la policía te va a vigilar. No vas a salir de la ciudad. Y no vas a hablar con nadie más sin que nosotros lo sepamos.

El hombre tragó saliva.

—Está bien. Yo… yo no quería esto… —murmuró.

Y se fue casi corriendo, como si el miedo lo estuviera persiguiendo. Deivyd se quedó mirándome, impactado.

—Entonces… —susurró—. Fue una trampa.

—Sí.

—Te lo dije. Ethan no se robó ese dinero.

—Lo sé —respondí—. Ahora tenemos que descubrir quién le puso la trampa.

Deivyd respiró hondo.

—¿Qué hacemos?

—Vas a poner la denuncia —dije firme—. Hoy. Ahora. Para que ese tipo no salga de la ciudad y para que quede constancia. Y yo voy a mover lo que tenga que mover desde la empresa de mi padre.

Deivyd asintió.

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