Esteban bajó los cubiertos y la miró fijamente.
—A partir de ahora, si quieres comprar algo...
Esteban estuvo a punto de decir "cómpralo", pero se atragantó al recordar que, descontando el alquiler, solo le quedaban un par de miles para sobrevivir.
Sin embargo, Gisela se le adelantó: —No voy a volver a comprar esas cosas. Vivir en Rosarito es carísimo y ya no puedo darme los lujos que me daba en el pueblo.
Esteban intervino: —Si te sobra plata, cómprate lo que quieras. Pero no vuelvas a buscar trabajo en esos lugares. Si de verdad no quieres trabajar, quédate en la casa, no hay problema. La administración del edificio me dijo que el próximo mes me van a subir a jefe de seguridad. Van a ser dos mil más, creo que con eso será suficiente para tus gastos.
Gisela tenía mil cosas que quería decirle, pero Esteban devoró el resto de la comida en tres bocados y se levantó de la mesa.
—Ya me voy a trabajar.
A Gisela no le quedó de otra más que tragarse sus palabras, limitándose a despedirse.
—Vete con cuidado. Ten mucho cuidado en el camino.
Esteban se puso la chaqueta, llegó hasta la puerta y se giró para mirarla una vez más.
—Sí. Duérmete temprano.
Al cerrarse la puerta, Gisela, aún sentada, soltó un largo suspiro de alivio.
Se pasó las manos por la cara, limpiándose las lágrimas y los mocos que tenía regados.
Si se hubiese descubierto todo, habría sido el fin.
Pero no había de otra.
Una mentira solo se puede tapar con otra.
Se sintió un poco desanimada; sentía que debía existir una mejor manera de manejar la situación.
Pero si fuera tan lista, no sería solo una graduada de Bachillerato Técnico de Santa Clara, sino que habría ido a las mejores universidades del país.
Gisela se levantó y empezó a limpiar los envases de la comida de la mesita.
Tiró la basura al bote y pasó un trapo para dejar la mesa impecable.
Luego siguió con el piso, la cocina y el baño.
Jamás en la vida había estado tan hacendosa.
Antes creía que todas esas eran las tareas de Esteban y que su único trabajo era verse bonita.
Pero ahora ya no se atrevía a dejarle todo el peso a él.
Una vez que terminó de trapear, cambió la bolsa de basura y la sacó al contenedor del pasillo.
Se dio un baño, se metió a la cama y empezó a dar vueltas de un lado al otro, sin poder dormir.
Gisela cerró los ojos y tomó una gran bocanada de aire.
Solo tiene que aguantar medio año.
Apenas consiga el dinero, regresará a Santa Clara.
Alguien como ella jamás podría encajar en la Élite de Rosarito.
Se dio la vuelta y se obligó a sí misma a dormir.
Esteban regresó a las tres y media de la madrugada.
Abrió la puerta con extremo cuidado, preparado, por pura costumbre, para limpiar un poco la casa antes de dormir.
Pero nada más entrar, se quedó paralizado.
La casa estaba resplandeciente.
La mesita estaba impecable, el piso brillaba como espejo y hasta la estufa parecía recién comprada.
El bote tenía una bolsa de basura completamente nueva.
Esteban se quedó de pie en la entrada, observando ese hogar que ahora se sentía extrañamente desconocido.
Gisela dormía de costado en la cama, de espaldas a la puerta, respirando plácidamente.
Esteban se quedó mirándola desde el pasillo durante un buen rato.
En la oscuridad, fue hasta el baño a lavarse; abrió la llave al mínimo y devolvió el vaso al lavamanos sin hacer ruido.
—Mm —asintió Esteban con tranquilidad—. No me costó tanto.
Gisela abrió la boca para protestar, pero luego se arrepintió y no dijo nada.
Cuando ya estaba lista para volver a acostarse, recordó que él no había sonado tan adormilado como pensó al principio.
Y ya que de por sí la había despertado...
—Ah, por cierto —Gisela se aclaró la garganta—. Ya le avisé a la casera, el próximo mes nos vamos de aquí.
Los dedos de Esteban se detuvieron un segundo.
—Hoy que salí, fui a ver un cuarto en la zona marginal; cuesta cuatro mil al mes, con eso nos ahorramos la mitad.
Gisela habló rapidísimo, aterrada de que él dijera que no, y añadió: —El lugar no está nada mal. Es cierto que es más viejo que este edificio, pero sirve para vivir.
Un silencio pesó en la oscuridad por varios segundos.
—No vamos a mudarnos —la voz de Esteban resonó en la habitación—. Aquí estamos bien.
Gisela parpadeó.
—¿Qué?
¿Qué tenía de bueno ese lugar?
Les costaba ocho mil malditos pesos al mes.
Pero ella ya no quería vivir así, no era necesario tanto lujo.
—No hace falta que vivamos en un lugar tan caro —dijo con toda la seriedad del mundo—. Tenemos que ahorrar.
Esteban se dio la vuelta para mirarla de frente.
—No te preocupes por el dinero.
Su tono fue suave, pero cargaba una determinación imposible de contradecir.
—Yo puedo mantenerte.

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