—También —Esteban se quitó la chaqueta y, de pronto, se detuvo—. El agente que nos consiguió este lugar me avisó que hoy fuiste a ver departamentos. ¿En serio sigues empeñada en mudarte?
Ella rió con nerviosismo: —Ah... solo fui a echar un vistazo.
Esteban se sentó al borde de la cama, inclinando la cabeza para mirarla: —¿Por qué no lo rentaste?
Gisela frunció los labios, sin saber qué decir.
No iba a soltarle que el lugar era una ruina y que ella era demasiado fina para vivir ahí.
Inclinó la mirada y empezó a jugar con el cobertor, diciendo: —Simplemente... no me pareció el adecuado.
Esteban se le quedó viendo unos segundos y, de pronto, esbozó una sonrisa.
—¿Qué fue lo que no te pareció?
Gisela levantó la vista, chocando con esos ojos que escondían una sonrisa burlona.
La culpa se la comía viva: —Pues... simplemente no me convenció.
Esteban se apoyó en el respaldo, con los brazos sobre las rodillas: —¿Fue porque los muebles se caían a pedazos, o porque la cocina tenía tanta grasa pegada que, por más que limpiaras, podrías sacar un kilo de mugre?
Gisela parpadeó.
—¿O tal vez porque la ventana daba a un muro de ladrillos que no dejaba pasar ni un rayo de luz?
Gisela se quedó con la boca abierta.
Y él continuó: —¿O será porque el edificio no tenía ascensor y todo apestaba a basura y caos?
Gisela estaba pasmada: —¿Y tú cómo sabes?
Esteban rio: —El agente también me mandó fotos de unos cuartos en la zona marginal.
Gisela no tenía palabras.
Él ladeó la cabeza y la observó, con un brillo de diversión en los ojos: —¿A que el lugar estaba muy feo y no soportarías vivir ahí?
Las mejillas de Gisela ardieron de golpe: —No es verdad.
—¿Entonces por qué no lo alquilaste?
Gisela se mordió el labio. Le dio mil vueltas al asunto, pero ninguna excusa sonaba convincente.
—Es que... —frotó el borde de la sábana, murmurando hasta casi quedarse sin voz.
Esteban levantó una ceja.
Su nariz chocó con el torso de él, e inhaló un aroma donde se mezclaban el detergente de ropa y un ligero toque a sudor.
Se le borró todo de la cabeza. Se quedó completamente paralizada.
Esteban la rodeó con sus brazos y apoyó el mentón sobre su cabeza: —Tú eras la que quería ahorrar y fuiste la primera en salir huyendo.
Gisela, todavía apretada contra él, murmuró con voz apagada: —Yo tampoco pensé que estaría tan feo.
Esteban soltó una carcajada; la vibración de su pecho contra ella le descontroló el pulso por completo.
Trató de zafarse, pero como no pudo, simplemente se rindió y se quedó recostada en él.
El único sonido que quedó en la habitación fue el ritmo de sus respiraciones.
Inhalando, exhalando, al compás.
Los dedos de Esteban se enredaron en el cabello de ella, acariciando suavemente la piel de su nuca.
Gisela se estremeció entera; el corazón le latía a mil por hora.
Hizo ademán de sentarse, pero Esteban le sujetó los hombros.
—No te muevas, que me estoy tentando.

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