Aitana reaccionó y lo saludó con mucho respeto:
—Señor Valiente.
Casi no trataba con Leandro, el primo de Adrián; desde que se casó, solo se habían visto tres veces.
La primera fue en su boda. Su tío se había fracturado una pierna y ella no tenía a nadie que la entregara en el altar. Fue la madre de Adrián quien sugirió:
—Podemos pedirle a Leandro que te acompañe.
Así que, cuando hizo su entrada con el vestido de novia, caminó del brazo de Leandro hasta que él la entregó a Adrián.
La segunda y la tercera vez fueron en las fiestas de fin de año.
Toda la familia Valiente vivía en Finca Los Olmos. Adrián, sin embargo, aprovechó el matrimonio para irse de casa y mudarse con Aitana a Villa Bahía Dorada. Desde entonces, solo volvían a ver a la familia a fin de año. En esas ocasiones, se topaba a Leandro de paso y apenas se saludaban, sin llegar a platicar.
Nunca imaginó que Leandro se tomaría la molestia de ir al funeral.
Aitana no había invitado a nadie de la familia de su esposo, pero ya que estaba ahí, tampoco iba a ser tan grosera de correrlo.
—Gracias por venir —le dijo, ofreciéndole la mano como muestra de agradecimiento.
Leandro bajó la mirada, hizo una pausa de un par de segundos y le estrechó la mano con firmeza, soltándola enseguida.
Clavó sus ojos en ella y le dijo:
—Mi más sentido pésame.
Aitana asintió.
Con alguien del peso de Leandro allí, el tío de Aitana ya no se atrevió a seguir presionándola. Mejor intentó quedar bien y le ofreció un cigarro a Leandro.
—No fumo —soltó Leandro con frialdad.
Lo dejó con la palabra en la boca y siguió a Aitana hacia el interior de la sala.
Cuando empezó el velorio, se confirmó lo evidente: Adrián no se paró por ahí.
En redes sociales, las cuentas de chismes ya estaban armando un circo:


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