En cuanto oyeron eso de «viejos amigos», todos empezaron a intercambiar miradas entre Adrián y Ariadna. No hacía falta decir más. Era un descaro tan grande que hasta a las señoras casadas del lugar les hirvió la sangre y estuvieron a punto de meterse a defender a Aitana.
Pero, antes de que alguien alcanzara a intervenir, vieron a Aitana soltarle una patada a Adrián directo en la espinilla.
Él soltó un quejido sordo, tomado por sorpresa.
Aprovechando que se había encorvado por el dolor, Aitana lo empujó con todas sus fuerzas, caminó directo hacia Ariadna y, sin dudarlo un segundo, le cruzó la cara de una cachetada.
Todo el mundo contuvo el aliento al mismo tiempo.
Aitana se sacudió la muñeca y le soltó otra bofetada con tantas ganas que Ariadna se fue para atrás, tropezando sin saber qué hacer. Al ver que Aitana levantaba la mano de nuevo, Ariadna chilló histérica:
—¿Estás loca?
Las dos bofetadas sonaron secas en toda la capilla, mientras los invitados contemplaban la escena sin atreverse a intervenir.
Un par de personas intentaron acercarse a separarlas, pero bastó una mirada de Leandro para dejarlos clavados en su sitio.
Aitana le soltó con veneno:
—Te fuiste a estudiar al extranjero con el dinero malhabido que tu padre sacó ensuciando al mío. ¿Lo disfrutaste, Ariadna? Hoy es el funeral de mi madre. Tú, la hija del cabrón que arruinó a mi familia, no tienes nada que hacer aquí.
En ese preciso instante, un trabajador de la funeraria regresó con la urna de las cenizas.
Aitana la tomó y le arrojó el contenido directo a la cara.
¡Zaz!
Ariadna quedó bañada de pies a cabeza en sangre de pollo.
El salón entero quedó paralizado, mientras escuchaban a Aitana decir:
—Ya que te encanta vivir de la desgracia ajena, hoy vas a tragarte hasta la última gota.
La rabia le deformó el rostro, pero en cuanto notó que la prensa la estaba grabando, rompió a llorar e intentó echarse en brazos de Adrián.
Adrián, que tenía las manos en las bolsas, dio un paso de lado con unos reflejos impresionantes, dejando que Ariadna se fuera de boca al suelo.
—Adrián... ¿por qué...? —balbuceó desde el piso, incrédula.
Se quedó helada al ver cómo Adrián tomaba la mano de Aitana y soplaba suavemente sobre sus dedos.
—¿Te lastimaste la mano, mi amor? —le preguntó él.
—¡Eso, carajo! —gritó Valeria, sintiendo que por fin soltaba todo el coraje que traía atorado.
Se plantó junto a Aitana y le dijo a Ariadna con una sonrisa burlona:


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