Esa voz parecía tener ganchos, cada palabra intentaba meterse en los oídos de Rosalba para sacarla de su «sueño».
Pero su cuerpo no reaccionó en lo absoluto.
Incluso podía sentir la mirada de Muriel deslizándose por su rostro cuidadosa y suavemente, como si fuera una pluma.
La voz de Bibiana denotaba cierto cansancio y recelo.
—Ya llegó, señorita Muriel. La señora Rosalba aún no despierta. El médico dijo que la dejáramos dormir, que le haría bien.
—Lo sé.
Muriel soltó un ligero suspiro—. Es solo que estaba muy angustiada. Anoche, cuando Teobaldo me dijo que la estaban operando, me quedé preocupada toda la madrugada. Además, Orión estuvo molestando y no pude venir antes.
Mencionó a «Teobaldo» y a «Orión» con una naturalidad pasmosa, como si hablara del clima.
Como si el hecho de que Teobaldo se desviviera por cuidar de su hijo fuera lo más normal del mundo.
—Bibiana, debes estar exhausta de pasar la noche aquí, yo me quedo.
El tono de Muriel se volvió sumamente considerado—. Ve a la cafetería, come algo y descansa. Yo cuidaré de Rosalba, y apenas despierte, te avisaré.
Bibiana dudó.
—Pero...
—Ve, Bibiana —insistió Muriel con un tono que no admitía réplicas—. Si Rosalba se despierta y te ve toda demacrada, se sentirá muy mal. Alguien tiene que recuperar energías para cuidarla como se debe.
Había usado el bienestar de Rosalba como excusa.
Bibiana se quedó en silencio unos segundos, y terminó por ceder.
—Bueno... está bien. Señorita Muriel, si necesita algo, llame a las enfermeras o márqueme al celular.
—Pierde cuidado.
Los pasos de Bibiana se alejaron y la puerta se cerró suavemente.
En la habitación solo quedaban Rosalba y Muriel.
Y ese asfixiante aroma a gardenias que se hacía cada vez más penetrante.
Rosalba sintió que el colchón se hundía ligeramente; Muriel se había sentado en el borde de la cama.
Una mano suave, de dedos finos y esmalte perfecto, tomó la suya.
Eran las mismas manos que, cuando Doña Constanza la humillaba, se aferraban a las suyas para darle fuerzas.
Esa frase atravesó el corazón de Rosalba como un cuchillo.
Tuvo que recurrir a todas sus fuerzas para no levantarse de la cama y cruzarle la cara de una bofetada.
Pero no podía.
Todavía no era el momento.
Escuchó el repiqueteo de los tacones de Muriel sobre el suelo. Caminaba lentamente por la habitación, como una reina inspeccionando sus dominios.
Los pasos se detuvieron junto a la mesita de noche.
Rosalba sintió que se le formaba un nudo en la garganta.
Su celular estaba ahí.
Escuchó cómo Muriel levantaba el teléfono.
Un segundo.
Dos segundos.
Y luego, el teléfono volvió a ser colocado delicadamente en su lugar.

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