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Ni una Lágrima para Ti romance Capítulo 5

Los pasos de Teobaldo desaparecieron al final del pasillo.

Rosalba mantenía los ojos abiertos, mirando fijamente el pálido techo de la habitación.

Había un silencio sepulcral.

Tan silencioso que podía escuchar con claridad los pesados latidos de su propio corazón, que apenas lograba mantenerse estable.

Movió los ojos lentamente, repasando la vacía habitación.

Era una suite VIP, arreglada personalmente por Teobaldo.

Usando los mejores recursos médicos que él le proporcionaba, acostada en el matadero que él mismo había construido.

En la mente de Rosalba comenzaron a reproducirse sin control cada uno de los sonidos del quirófano.

El metálico tintineo del instrumental.

La conversación despreocupada del Dr. Méndez, el anestesiólogo.

La voz débil y temblorosa de la enfermera Alina cuestionando la orden.

Y Teobaldo.

Cada una de sus palabras se clavaba en sus recuerdos como agujas de acero bañadas en hielo.

«Procedamos según el plan».

«Sácalo».

Rosalba contuvo la respiración por un instante.

De repente, recordó algo más.

Cuando su bebé estaba siendo arrancado de su cuerpo y la cirugía estaba a punto de terminar.

La voz de Teobaldo, sin un solo rastro de culpa, tan fría como si estuviera debatiendo un artículo científico.

«Haz la sutura con cuidado».

Le había ordenado a su asistente.

«Que no quede una cicatriz muy evidente».

Rosalba, inmóvil en la camilla, había escuchado eso y casi tuvo ganas de soltar una carcajada.

Asesinaba a su hijo, pero fingía preocuparse por no dejarle una fea cicatriz en el vientre.

¿Esa era toda la «decencia» que podía ofrecerle como marido?

Qué decencia tan patética.

Exactamente igual a la llamada que acababa de contestar en el pasillo al salir de la habitación.

Rosalba lo había escuchado todo.

Aunque estaban separados por una puerta, la voz de él había sonado tan clara como si le estuviera susurrando al oído.

Un segundo antes, le decía que tenía una «emergencia en el departamento».

Un segundo después, al contestar el teléfono, toda su actitud cambió por completo.

Esa frialdad afilada por el bisturí desapareció sin dejar rastro.

El hermano mayor de Teobaldo, Jimeno Santoro, un militar de semblante severo y pocas palabras, falleció inesperadamente en una misión de paz en el extranjero durante su segundo año de matrimonio.

No quedó ni rastro de su cuerpo.

Muriel se convirtió en viuda de la noche a la mañana.

En la familia Santoro, donde predominaba el machismo y las reglas estrictas, una nuera joven y viuda tenía una posición humillante y difícil.

Y fue Rosalba.

Fue ella quien sintió verdadera lástima por esa «hermana» que, al igual que ella, estaba sola frente a todos en la familia Santoro.

Rosalba la trató como a su propia sangre.

Cuando Doña Constanza, afectada mentalmente por la pérdida de su hijo mayor, descargaba su furia contra Muriel, era Rosalba quien intervenía una y otra vez para protegerla.

Mientras la familia Santoro devoraba poco a poco la herencia que trajo como única hija de la Corporación Soler, dejándola casi en la ruina, Rosalba sacaba dinero de sus propios ahorros para ayudar a Muriel, solo para que pudiera vivir con dignidad dentro de esa casa.

Cuatro años.

Cuatro malditos años.

Fueron inseparables.

Y en todo ese tiempo, jamás escuchó a Muriel mencionar que tenía un hijo.

Un niño llamado «Orión».

Un niño que se enfermaba a medianoche, haciendo que Teobaldo abandonara a su esposa recién salida de un «aborto» para correr a cuidarlo.

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