—Cuando me fui de Río Plata fue precisamente porque no quería tener nada más que ver contigo —Johana respiró hondo, luchando por no dejar que la rabia la dominara—. Ahora, después de tanto esfuerzo por salir de todo eso, ¿crees que voy a regresar, Ariel? ¿De verdad piensas que voy a mirar atrás?
—Ya no hay vuelta atrás. Lo nuestro se acabó hace mucho.
—Y tampoco quiero regresar. Es más, ni siquiera quiero recordar esos años a tu lado, prefiero no pensarlo nunca más.
Después de decir eso, Johana soltó la mano de Ariel y le habló con tono cortante:
—Hazte cargo de tu vida. Y no vuelvas a meterte en la mía.
Sabía que sus palabras eran duras, pero si no las decía así, Ariel no lo entendería. Él simplemente no quería soltarla.
Pero ella ya no estaba dispuesta a seguir enredada en esa historia.
Ariel se quedó mirando cómo Johana se alejaba. Por un momento, sus ojos se llenaron de lágrimas. Metió las manos en los bolsillos del pantalón y se giró hacia el pequeño jardín que tenían enfrente. Por dentro, se sentía como si tuviera un nudo en el pecho, una mezcla de emociones que no sabía cómo desatar.
Recordó que ella había llegado al extremo de fingir su propia muerte para huir de él.
Al pensarlo, Ariel dejó escapar una risa amarga.
¿Cómo habían llegado hasta ese punto? ¿Cómo terminaron así, tan distantes?
...
En el hotel.
Johana entró a su habitación, dejó su bolso sobre la cama y se sentó al borde durante un largo rato, perdida en sus pensamientos. Cuando por fin volvió en sí, tomó la ropa y se metió al baño.
Bajo la ducha, cerró los ojos y alzó la cabeza, dejando que el agua tibia le resbalara por la cara.
Ojalá Ariel entendiera lo que le dijo esa noche. Esperaba que él la dejara en paz, que no volviera a buscarla.
No quería tener ningún tipo de lazo con él, ni volver a vivir nada parecido.
Durante esos tres años de matrimonio, había sufrido más de lo que pensó que podría soportar en toda su vida.
No pensaba volver a pasar por eso jamás.
...
Mientras tanto, abajo en el hotel.
Ariel, después de irse en su carro, decidió llamar a Raúl para invitarlo a tomar algo.
Cuando Raúl llegó al bar y vio a Ariel pidiendo una copa, lo miró con cara de pocos amigos:
—¿De verdad, Ariel? ¿No te basta con la herida que tienes y ahora vienes a tomar?
Ariel dio un sorbo y arrugó la frente. Se dejó caer en el sillón con el ánimo por los suelos. Raúl ni siquiera tuvo que preguntar; ya sabía que el tema era Johana y que, una vez más, Ariel se había topado con una pared.
Por eso, antes de que Ariel pudiera abrir la boca, Raúl le soltó:
—Mira, deberías relajarte un poco. Además, Joha está bien ahora. Vi que la familia Ramírez y Delfín la tratan como de la casa, la cuidan mucho.
—No le des tantas vueltas.
Raúl pensó que lo ayudaría hablar, pero Ariel solo arrugó aún más el entrecejo.
Tras un largo silencio, Ariel soltó una carcajada cargada de ironía:
—No tienes idea de lo lejos que llegó. Fíjate nada más, fingió su muerte con tal de alejarse de mí.

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