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No me Llames Señora Cáceres, Llámame Hera romance Capítulo 18

Las puertas del ascensor se abrieron en el pasillo del hospital. Esteban salió de él, seguido por Marcos Zamora.

Levantó la mirada y vio a un grupo de personas esperando fuera del quirófano en medio de un silencio tenso y absoluto.

Durante el camino, ya había escuchado a Gerardo relatar lo sucedido.

Recorrió el lugar con la mirada hasta posarla sobre Melissa. La observó de pies a cabeza y, al notar la pequeña porción de cintura que llevaba descubierta, su expresión se mantuvo tranquila e inalterable.

Fue hasta que el pitido regular del monitor cardíaco reemplazó las agudas alarmas que el doctor salió de la sala.

—La intervención fue un éxito, hemos tratado adecuadamente la lesión en el cráneo.

Todos dejaron escapar un suspiro de alivio.

Gerardo, por fin, se volvió hacia Melissa para ajustar cuentas.

—¡Esto es intento de asesinato! Prepárate para ir a la cárcel.

A Antonella le flaquearon las piernas y se apoyó contra la pared. Apretó los dientes y, con voz ronca, gritó:

—¡Fue un accidente! ¡¿Cómo va a ser intento de asesinato?!

Melissa estaba pálida y el pánico se apoderó de ella. Gerardo venía de una familia con fuertes conexiones militares y políticas, y ella no tenía las de ganar. Si él realmente se proponía meterla a la cárcel, estaba acabada.

—¿Un accidente? Quién sabe si Melissa lo hizo a propósito. ¡Simplemente no soporta ver bien a Leti! ¿Quieren resolver esto? ¡De acuerdo, entonces que Melissa se rompa el cráneo también!

Gerardo esbozó una sonrisa cínica, mirándola fijamente.

—Y eso que estoy siendo considerado por el respeto que le tengo a Esteban. Tu cerebro inútil jamás podrá compararse con el de Leti; ella está a punto de unirse al Consorcio Cáceres como jefa de investigación, mientras que tú, aparte de bailar y cocinar en casa, ¡¿para qué más sirves?!

Marcos movió los labios, pero al final no dijo nada, limitándose a sujetar a Gerardo.

—Gerardo, no hagas de esto un escándalo mayor.

Incapaz de contener su ira, Gerardo miró a Esteban.

—Esteban, ¿vas a proteger a Melissa?

Todos los ojos se posaron sobre él, esperando su respuesta.

Sus ojos se clavaron serenamente en el rostro de Melissa. Caminó hacia ella y le acomodó un mechón suelto detrás de la oreja.

Su voz, baja y desprovista de adornos, sonó directa y contenida:

—Melissa, todos deben hacerse responsables de sus propios actos.

Ella levantó el rostro y lo miró fijamente, incapaz de entender cómo podía estar tan imperturbable, frío y calmado.

—Yo no... lo hice —su voz era débil y sin fuerza, pues en el instante en que Leticia se estrelló contra el poste, ella efectivamente había caído sobre ella.

Él la tomó de la mano y, en el segundo siguiente, la envolvió en su cálido y amplio pecho. Hablando lentamente, articuló cada palabra con claridad:

—Esto no tiene nada que ver contigo.

Sus pupilas temblaron ligeramente.

Pero luego, escuchó la innegable certeza en la voz de Esteban:

—Fue tu amiga quien atacó primero, ¿no es así? Entonces, que ella asuma la responsabilidad.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo. En ese momento, solo sintió que la frialdad de ese hombre rozaba la crueldad.

Sabía que a él nunca le importaron sus amistades, pero ¿cómo podía ser tan despiadado?

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