Con voz ronca, sentenció:
—No tengo nada más que hablar contigo. Vamos a divorciarnos de una vez.
Mauricio, de pie a un lado, entreabrió los labios, pero al final no dijo nada.
—Melissa, el divorcio no es un juego. No puedes sacar el tema cada vez que pasa algo mínimo. —Parecía creer que ella solo estaba actuando por un arrebato de ira temporal.
Melissa lo miró fijamente:
—¿Algo mínimo? ¿Llamas a esto algo mínimo?
Se secó las lágrimas del rostro.
—¡Claro! Para el director Cáceres, ¿qué importa si mi abuelo se muere? Después de todo, no es el tuyo.
—Melissa. —Su tono frío destilaba un dejo de hostilidad.
Ella se detuvo. Al pensar en algo, cerró la boca y luego murmuró con voz ronca y agotada:
—Vete. No vuelvas por aquí. Prepara los papeles del divorcio. No quiero nada tuyo, solo exijo que Bastián Vargas opere a mi abuela.
Hacía mucho que ella había perdido cualquier esperanza en él.
Su dolor era por su abuelo, quien habría tenido una oportunidad de no haber sido por...
—¿Quieres divorciarte de mí en estas circunstancias? ¿Qué dirá la gente de la familia Cáceres? —La voz del hombre era profunda y estable, pero asfixiantemente fría.
—Ese es tu problema, no el mío. —Tomó una gran bocanada de aire y le dio la espalda, ignorándolo.
Tomó el ascensor hasta el área de pagos en la planta baja y liquidó la cuenta de su abuela de una sola vez.
Lo único que le quedaba por hacer era velar por sus abuelos.
No permitiría que los dos ancianos sufrieran más daño.
Después de pagar, decidió ir a visitar la vieja casa de sus abuelos. Sin importar los medios que tuviera que usar, debía recuperarla.
De repente, alguien la llamó por su nombre a sus espaldas.

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