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No me Llames Señora Cáceres, Llámame Hera romance Capítulo 25

Ella negó con la cabeza:

—Te agradezco la buena intención, pero ya no pienso volver a bailar.

—¿Por qué? Aprendiste durante tantos años, ¿y lo vas a dejar así sin más?

Los que estudiaban danza solían comenzar desde muy pequeños. Quienes lograban pisar un escenario habían invertido más de una década de esfuerzo; muy pocos estaban dispuestos a renunciar a una habilidad forjada durante tanto tiempo.

Hugo intentó persuadirla:

—Melissa, para ser honesto, siempre supe que bailabas para agradar a alguien más. Pero aguantaste diez años, sacrificaste mucho... ¿de verdad vas a dejarlo así de fácil? Tu motivo inicial pudo ser por otra persona, pero el talento es tuyo. Mi academia acaba de abrir, no te quitará mucho tiempo.

Al escuchar las palabras de Hugo, se quedó en silencio, ligeramente aturdida. De pronto, recordó las innumerables veces durante esos diez años que había sudado en la sala de ensayo, bailando hasta que su ropa quedaba empapada; la danza ya era una parte esencial de su vida.

¿Por qué iba a renunciar a lo suyo solo por él?

Lo que decía Hugo tenía bastante sentido.

Melissa lo miró con una sonrisa:

—Mejor seré tu inversionista. No podré unirme a los bailes grupales; si todos ensayan y yo no asisto, sería un problema. Pero puedo hacer presentaciones como solista. Yo misma me encargaré de mis prácticas.

A Hugo se le iluminaron los ojos.

—¡Me parece perfecto! Solo pensaba contratar a una persona más y resulta que conseguí a una inversionista.

Sonreía de forma tan resplandeciente que a Melissa se le encogió el corazón. Conocía muy bien esa mirada; alguna vez, así era como ella le sonreía a Esteban.

Su expresión se apagó un poco.

Hugo sugirió:

—¿Te llevo a ver mi oficina y la sala de ensayo?

Ella lo pensó un momento; no estaba mal ir a ver las instalaciones antes de ir a visitar la vieja casa de sus abuelos. Así que asintió.

En el tercer piso del hospital, al final del pasillo, Esteban observaba con la mirada ensombrecida cómo Melissa se subía al auto con otro hombre.

Mauricio preguntó:

—¿Quiere que investiguemos a ese hombre?

—No es necesario. —Apartó la mirada, sin creer que Melissa fuera capaz de tener algún tipo de enredo amoroso con nadie. Luego, preguntó sobre otro asunto—: ¿Ya la encontraron?

Mauricio tensó su expresión:

—No, señor. Para garantizar la imparcialidad del evento, los participantes usaban seudónimos, y Hera jamás aceptó conceder entrevistas.

Además, de eso ya habían pasado doce años; rastrearla era casi imposible.

—Sigan buscando —ordenó con voz grave.

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