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No me Llames Señora Cáceres, Llámame Hera romance Capítulo 33

La familia de la abuela tenía tradición en medicina natural y remedios caseros, y aunque ella no siguió la profesión, sabía tomar el pulso.

Nada fuera de lo común.

La soltó con un deje de decepción y se sentó a la mesa.

—Están buscando un bebé, ¿verdad?

Esteban respondió con indiferencia:

—Sí.

La abuela suspiró.

—Si hubieran empezado en cuanto se casaron, el niño ya estaría en el preescolar. Esteban, eres muy sensato para todo, excepto para esto... Y para lo de Leticia.

Al mencionar a Leticia, la abuela miró a Melissa y se apresuró a explicarle:

—Meli, no te hagas ideas equivocadas. Ya hablé con Esteban, no hay nada entre Leticia y él. A esa chica le falta una parte de la pierna y, como se conocen desde hace tanto tiempo, solo le echó una mano.

La abuela adoptó una expresión más seria y bajó la voz:

—Además, el Consorcio Cáceres está invirtiendo mucho en proyectos de inteligencia artificial últimamente, y Leticia es experta en ese campo. Desde la universidad ganó muchos premios... La feria científica está muy cerca; si su proyecto destaca lo suficiente y gana el primer lugar en votos, será un negocio redondo para nosotros.

La familia Cáceres siempre priorizaba los beneficios económicos, así que la abuela ya no mostraba tanta resistencia hacia Leticia.

—En el trabajo ella puede ser de gran ayuda para Esteban. Trata de entenderlo.

Melissa no tenía nada que añadir. Era de esperar que la abuela defendiera a Esteban, y la verdad es que ya ni siquiera le importaba.

—Está bien, confío en él —dijo de forma casual.

Al escuchar esa breve frase, Esteban le lanzó una mirada indescifrable y profunda.

La abuela asintió con satisfacción. Al ver los camarones en la mesa, frunció el ceño y miró a la empleada.

—¿Sirvieron los camarones sin pelar?

La señora se quedó paralizada y, sin pensar, soltó:

—Antes, la señora siempre se los pelaba al señor Cáceres.

A Melissa le encantaba hacerlo; cada vez que los pelaba para Esteban, lo hacía rebosante de felicidad.

Cuando se fue, la empleada simplemente no perdió la costumbre de dejarlos tal cual.

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