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No me Llames Señora Cáceres, Llámame Hera romance Capítulo 38

A su lado, Leticia, vestida con un delicado vestido en tonos claros, tomaba al niño de la mano mientras le rozaba la mejilla con las yemas de los dedos.

Andrés llevaba el uniforme escolar, pero destacaba de manera innegable: sus facciones eran finas y su piel, de porcelana. Sostenía las manos de ambos, mirando de vez en cuando a su padre y recargándose cariñosamente en su madre.

Los tres parecían sincronizados, tranquilos y en perfecta sintonía. El solo hecho de verlos juntos componía una escena ideal de calidez y felicidad familiar.

—Señora Meli —murmuró Mía, confundida—. ¿Por qué el señor Cáceres está con la mamá de Andrés? ¿No eras tú la única que podía estar tan cerquita de él?

Melissa se quedó helada; hablar de "cerquita" era casi una ironía. Ese hombre jamás la había mirado con tanta dulzura.

Apretó con suavidad la manito de la niña.

—Por eso, Mía, cuando crezcas, fíjate bien. Ese tipo de hombres no valen la pena.

Mía asintió, aunque parecía no entender del todo.

—¿Ya no quieres al señor Cáceres, señora Meli? ¡Entonces vente a vivir a mi casa conmigo!

La niña logró sacarle una sonrisa, pero pronto los susurros a su alrededor captaron su atención.

—Esa familia es preciosa. Qué lástima que la mamá del niño se note algo rara.

—Sí, se nota, ¿verdad? Lleva una prótesis. Pero eso solo demuestra que su amor es real. Mira el reloj que trae el papá, es una edición de subasta. Para tener tanto dinero y casarse con una mujer en esas condiciones sin importarle el qué dirán, la debe amar con locura.

Esas palabras le entraron por un oído y le salieron por el otro. A Melissa le tenía sin cuidado, actuando como si ella y esa perfecta familia vivieran en mundos distintos.

Condujo a Mía hacia sus lugares.

Como los dos niños se llevaban tan bien, la maestra los había sentado cerca.

—¡Andrés! —exclamó Mía, corriendo a sentarse junto a él.

Leticia ocupó el asiento a la izquierda de Andrés, el primero de la fila inicial. Mía se sentó en el lugar destinado a Esteban, por lo que el asiento de Esteban terminó quedando justo al lado del de Melissa.

Ella se acomodó en su lugar. En cuanto el hombre se sentó a su izquierda, el inconfundible aroma a madera llegó hasta ella, pero esta vez estaba mezclado con el perfume de otra mujer.

Sin darse cuenta, frunció el ceño.

Antes, ese olor le parecía exquisito, nunca se cansaba de él. Cada vez que él era rudo en la intimidad, ella se aferraba a su aroma, como si fuera una pócima que la embriagara por completo.

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