Fue en ese momento cuando Rodrigo comenzó a caminar directamente hacia ella.
Melissa se tensó. Y al instante siguiente, él se dejó caer en el asiento a su lado.
Se puso de pie de inmediato. Después del incidente en la escuela, tenía más que claro que Rodrigo solo la usaba como un peón para provocar a Esteban.
No pensaba ser el escudo de nadie.
—Voy al baño.
Uno de los invitados intentó detenerla.
—Señora Melissa, ya vamos a empezar la mano.
—Jueguen sin mí —respondió ella y salió del salón.
Se quedó en el pasillo, revisando su celular para matar el tiempo.
Un rato después, un estrépito seguido de golpes secos resonó desde el interior de la sala.
Desconcertada, abrió la puerta y se encontró con una escena caótica: Esteban estaba moliendo a golpes a Gerardo Herrera.
Todos los demás intentaban separarlos desesperadamente.
—¡Ya basta, Esteban! Gerardo y Leti solo son amigos, ¡no te vuelvas loco!
—Sí, hermano, ¿cómo le vas a creer a Melissa? Solo quería meter cizaña.
El único que no movía un dedo era Rodrigo, quien observaba la pelea recargado en la pared con una sonrisa de satisfacción.
—Qué bien la jugaste, Melissa.
Esteban no se contenía en lo absoluto. A Gerardo ya le sangraba la comisura del labio.
Melissa jamás lo había visto perder el control de esa manera.
Parecía que desde la reaparición de Leticia, Esteban no dejaba de derribar la imagen perfecta que ella tenía de él.
Resultaba que el gran señor Cáceres, el hombre de hielo, también perdía la cabeza.
Entre el alboroto, se escuchó la risa burlona de Rodrigo.
—A ver, Gerardo solo rozó a Leticia por accidente. ¿No eres demasiado posesivo, Esteban? Tan celoso no te ponías con Melissa.
Alguien en el fondo susurró.
—Es que Melissa no le llega ni a los talones a Leti.
Ya no quiso seguir escuchando y dio media vuelta para salir.
El bullicio se apagó conforme se alejaba, pero la imagen de Esteban golpeando a su amigo seguía taladrándole la cabeza.
Su abuela política la llamó para preguntarle cómo iba la celebración.

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