A mitad de la noche, Esteban salió a contestar una llamada. Poco después, Leticia también salió de la sala.
Melissa se levantó de su asiento. Justo cuando iba a seguirlos, Gerardo Herrera se interpuso en su camino.
—¿A dónde vas? ¿Tienes que ir a arruinarles el momento también?
El comentario le arrancó una risa sarcástica a Melissa.
—Gerardo, te falta un poco de sentido común, ¿no crees? ¿Yo metiéndome en su relación? Para que lo sepas, la que aparece en el acta de matrimonio junto a Esteban soy yo. Dice Melissa Tejada, no Leticia Suárez. Así que, si alguien aquí es la amante, es ella.
Gerardo bufó con desprecio.
—La mujer a la que Esteban ha amado siempre es a ella. Tú solo te aprovechaste de la situación para atraparlo.
—Yo no le puse una pistola en la cabeza para que se casara conmigo. Cuénteselo a quien se lo cuentes, la verdad es que Esteban es quien engaña a su esposa con Leticia.
Sin perder más tiempo con él, se dio la vuelta y salió al pasillo.
El corredor era largo y silencioso. Al acercarse a una de las esquinas, alcanzó a escuchar la voz de Leticia.
—Esteban, gracias por comprarme este robot mientras estaba recuperándome.
Melissa se quedó paralizada, como si le hubieran echado cemento en los pies. Hasta su respiración se volvió superficial.
Ese robot... Esteban lo había comprado.
Él estaba ayudando a Leticia a hacer trampa.
Sintió que una parte de ella se desmoronaba por completo. De repente, comprendió que en realidad nunca había conocido a Esteban Cáceres.
Por Leticia, él era capaz de mandar al diablo todos sus principios.
Ella creía que él no estaba enterado de semejante fraude, pero resultó ser el autor intelectual.
La voz profunda de Esteban sonó entonces, mucho más suave de lo que solía ser.
—Conozco tu capacidad y confío en ti. No te preocupes por nada. Solo úsalo para ganar el primer lugar.
Melissa no pudo escuchar más. Se dio media vuelta y empezó a caminar de regreso.
Al verla entrar con el rostro pálido, Gerardo soltó una carcajada burlona.
—Quisiste ir a meter las narices y te salió mal, ¿eh?
Ella levantó la vista, clavando sus ojos oscuros en él.
—¿Acaso estás enamorado de Leticia? Si te gusta tanto, ve y gánatela. ¿No te enferma tener que ver a la dueña de tu corazón coqueteando con tu mejor amigo todos los días?
Gerardo se quedó helado, incapaz de articular palabra.
En ese preciso instante, Esteban y Leticia regresaron y escucharon el final de la frase.
Leticia se apresuró a justificarse.

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