Eso la llenó de un profundo y aplastante sentimiento de inferioridad.
Y ahora, "Siete" le generaba exactamente esa misma impotencia.
Hacía unos minutos, ella era la estrella alabada por el Profesor Aidan, rodeada por todo el mundo.
Y de repente, aparecía alguien infinitamente superior, robándose toda la atención del lugar.
Leticia se acercó a Marcos.
—Marcos, si tienes una amiga tan talentosa, ¿por qué nunca nos hablaste de ella? Tampoco la has llevado a nuestras reuniones. Deberías presentarla la próxima vez, me encantaría aprender de alguien así.
Marcos bajó la mirada hacia ella con los ojos cargados de significado.
Antes, realmente consideraba que Leticia era una buena chica. Pero desde que se enteró de que había usado un robot comprado y hecho por alguien más para presentarlo como suyo en la feria, le había perdido todo el respeto.
Melissa no le dio detalles en su momento, pero él ya lo había deducido. Si ella prefería mantener su identidad oculta, sus razones tendría.
Marcos soltó una risa seca.
—A mi amiga no le gusta socializar. Se la vive encerrada en el laboratorio y odia salir. Mejor lo dejamos así.
—Entiendo —Leticia forzó una sonrisa y asintió—. Por cierto, ¿cuándo te uniste al equipo del Profesor Aidan? No me habías contado.
Nadie sabía que Marcos formaba parte del equipo de Límite Cero.
Que Leticia sacara el tema de la nada lo hizo sentir un poco incómodo.
—Hace poco. Como acabas de regresar a Loma Alta, es normal que haya cosas de las que no estés enterada.
Antes de que ella pudiera insistir, un montón de inversionistas empujaron a Leticia para seguir interrogando a Marcos sobre el proyecto.
Relegada al fondo de la multitud, apretó los dientes. No soportaba sentirse invisible.
Al voltear, se dio cuenta de que Esteban también miraba el Micro-Guardián fijamente. En sus ojos brillaba una innegable ambición. Leticia entendió al instante: quería reclutar a ese genio para el Consorcio Cáceres.
Aunque Esteban ya no se ensuciaba las manos en los laboratorios, tenía un instinto letal para los negocios.
Sabía, con solo un vistazo, que el potencial comercial de esa máquina era astronómico.
Leticia se acercó a él.
—Perdóname... creo que no voy a poder ganar el primer lugar.
No era una probabilidad, era un hecho. Ya lo había perdido.
Con semejante monstruosidad compitiendo, las demás obras parecían juguetes de feria, incluida la suya.
El proyecto de Leticia, aunque impecable, se notaba que era un modelo ya existente al que simplemente se le agregaron mejoras técnicas superficiales; no tenía el impacto brutal y revolucionario que exigía el certamen.
Claro, al ser una máquina comprada de emergencia, no le dio tiempo al desarrollador original para hacer algo a la medida.
Esteban no apartó la vista de la obra de Siete.
—No es el fin del mundo —respondió con total indiferencia.
A pocos metros de distancia, Melissa escuchaba la conversación sin que se le moviera un solo músculo de la cara.

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