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No me Llames Señora Cáceres, Llámame Hera romance Capítulo 64

Era evidente que la mujer estaba lista para dormir; llevaba una bata, se había quitado la prótesis de la pierna y se apoyaba en unas muletas para abrir la puerta.

Pero lo que capturó la atención de Melissa fueron las marcas inconfundibles de pasión en su cuello. Instintivamente, desvió la mirada hacia el interior de la casa.

Allí estaba el hombre que figuraba en su acta de matrimonio. Esteban vestía una bata que hacía juego con la de la mujer. Estaba sentado en el sofá con un libro de cuentos en la mano, mientras el niño descansaba en su regazo, jugando distraídamente con el lóbulo de su oreja.

Esa era la escena que Melissa tantas veces había soñado.

En aquel entonces, fantaseaba con tener un hijo suyo. Imaginaba que, al volver del trabajo, ambos se sentarían a jugar con él y a leerle cuentos antes de dormir.

La escena se había vuelto realidad, solo que ella no era la señora de la casa y el niño no era suyo.

La última barrera de contención en el corazón de Melissa colapsó.

¿Por qué ella no tenía nada?

El hombre al que amaba no la correspondía, y su familia la rechazaba.

Incluso sus abuelos, los únicos que le quedaban, podrían abandonarla en cualquier momento por culpa de su hija.

—Melissa, no lo malinterpretes —intentó explicar Leticia.

Apenas dijo eso, Melissa la empujó con fuerza, haciéndola caer al suelo.

—¿Que no lo malinterprete? ¿Qué más necesito ver para no malinterpretarlo? ¿Tengo que atraparlos revolcándose en la cama para que deje de ser un malentendido?

El hombre dejó al niño en el sofá, frunció el ceño y caminó a zancadas hacia la entrada. Primero ayudó a Leticia a levantarse, salió al pasillo y cerró la puerta a sus espaldas, aislando a Melissa y su furia irracional.

Al ver cómo la protegía, Melissa dejó escapar una risa cargada de desprecio.

—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que la golpee? Descuida, todavía no quiero terminar presa.

El hombre habló con un tono inalterable.

—Melissa, tus berrinches están yendo demasiado lejos.

—¿Demasiado lejos? ¿Qué quieres que haga? ¿Que celebre con fuegos artificiales al ver a mi marido y a su amante viviendo en la casa de mis abuelos?

—Melissa —él le agarró la muñeca con firmeza—, no tengo nada con ella.

Melissa soltó una carcajada amarga.

—¿Que no tienes nada?

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