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No me Llames Señora Cáceres, Llámame Hera romance Capítulo 68

El resto de los amigos finalmente lo entendió: Rodrigo no había llevado a Melissa para alegrar la fiesta, sino exclusivamente para hacer enojar a Esteban.

Todos sabían perfectamente que Rodrigo estaba enamorado de Leticia.

Incluso había hecho locuras por ella. Cuando Leticia sufrió el accidente automovilístico y se fue a los Estados de la Cordillera Azul para su rehabilitación, él la acompañó, abandonando a su propia esposa embarazada sin ningún remordimiento, y rara vez regresaba.

Solo volvió al país porque Leticia decidió hacerlo.

Al salir del restaurante, Melissa respiró profundamente el aire fresco para obligarse a calmarse.

Fue a cenar a otro lado, y después se dirigió a la residencia de la familia Zúñiga para cumplir su promesa de llevar a la pequeña Mía al parque de diversiones.

Vanessa Quintero le entregó una mochila.

—Aquí llevas el termo de agua, pañuelos húmedos y secos, una toallita de tela y ropa limpia por si se ensucia.

—¿Y la toallita para qué es? —preguntó Melissa, confundida.

Vanessa sonrió con dulzura y le acarició la cabeza a Mía.

—Mía todavía es muy pequeña y le encanta andar saltando por todos lados, así que suda mucho. Cuando eso pase, ponle la toallita en la espalda, por dentro del cuello de la camisa, para que el sudor no moje la ropa; así evitas que se resfríe con el viento.

Melissa asintió comprendiendo, guardó todo en el auto y emprendió el camino hacia el parque.

Una vez adentro, Melissa tomó a la niña de la mano.

Subieron a los carritos chocones, la rueda de la fortuna, el carrusel y el barco pirata. Como último juego, Mía insistió en entrar a la casa embrujada.

Melissa trató de mantener la compostura, pero en el fondo estaba aterrada. Había soportado las atracciones intensas, pero le tenía pánico a la oscuridad total, especialmente a esos lugares donde nunca sabes de dónde puede salir una mano ensangrentada para asustarte.

—¿No te da miedo? —le preguntó a la pequeña.

—¡Todo es de mentira, no hay nada a qué temerle! —Mía tiró de su brazo con entusiasmo, arrastrándola hacia la entrada—. ¡Acompáñame, señora Meli, por favor!

Justo a su lado, había un puesto donde debían golpear huevos sorpresa para ganar premios. A Melissa se le ocurrió una idea.

—Vamos a probar suerte. Golpeamos uno cada una. Si ganamos un premio, entramos. Si las dos fallamos, nos vamos.

Mía aceptó el reto emocionada.

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