La mente de Douglas de repente fue un caos.
Se había imaginado de todo menos esta sorpresa, y muchas emociones colisionaban en su pecho.
Sobre todo, esa chispa de felicidad al pensar en dos hermosas bebés de Lilianne y suyas.
—¿Encontraste algún registro de que ella fuese al ginecólogo en Australia?
Le preguntó a Hermes, quien negó.
—Busqué enseguida la información, pero, como ocurría con todos los registros de Lilianne, aparecían datos demasiado confusos y manipulados…
—Por supuesto. Ya ves con toda la ayuda con la que contó —dijo apretando los dientes, sintiéndose de nuevo como un idiota.
Él creía que Lilianne no podía dar un paso adelante sin él, y ella no solo conspiró para marcharse delante de sus narices, sino que fingió exitosamente su muerte y ocultó su posible embarazo.
—¿Por qué no hay fotografías de las niñas?
—Ella mantiene su vida muy reservada, señor. Pero van a un colegio privado en Manhattan…
—Busca la forma de entrar en ese colegio como inversionista. No sé, ingéniatelas…
Hermes tomaba nota en su tablet con quebraderos de cabeza.
Ahora tenía que volverse mago para que su jefe acosara de manera eficiente a su escurridiza esposa.
—Necesito comprobarlo… Si son mis hijas, nadie me va a separar de ellas…
La determinación brilló en los ojos de Douglas.
—Ponles también vigilancia todo el tiempo. Busca una vía para sobornar a algún empleado del interior del condominio, a los guardias, a alguien de seguridad…
Comenzó a tramar sus planes, tal como Lilianne tramó los suyos.
Si de verdad esas gemelas eran suyas, con más razón debía proteger a su familia en Estados Unidos.
Douglas había acabado con la amenaza en Australia, pero esa solo era la cola de la serpiente.
La verdadera cabeza de esa mafia estaba allí, en Estados Unidos, y, lo peor, ahora querían vengarse del magnate.
—Contrata otro equipo de seguridad privada. Los quiero alrededor de ellas todo el tiempo y quiero que me informen directamente a mí.
—Sí, señor.
Hermes lo vio levantarse y comenzar a caminar por el despacho de la empresa en Nueva York, como hacía cada vez que maquinaba cosas locas.
—Retrasa mis compromisos en Australia. Me quedaré aquí por tiempo indefinido. ¿Cuándo es la reunión para cerrar el trato?
—Esta tarde, señor.
—Perfecto. Entonces, esta tarde nos veremos de nuevo las caras.
Douglas tomó su americana y salió por la puerta con pasos ágiles.
Su rostro era una mezcla de excitación y felicidad.
Un depredador con la adrenalina de una cacería que estaba por comenzar.
—No importa cuánto las ocultes de mí, Lilianne. Yo sé que esas niñas son mías…
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