—¿Qué rayos estás tramando, Douglas Calder?
En cuanto la puerta se cerró, Lilianne le enseñó las garras como una loba.
—¿Tramando? Creí que la experta en eso eras tú…
—¡Ya basta de tantas tonterías!
La mesa resonó bajo las manos de Lilianne cuando la golpeó.
No había pegado ojo pensando en su encuentro y estaba ovulando, lo cual no era una buena combinación para su humor.
Douglas encontró fascinantes estos nuevos ataques de rabia de su tranquila Lily.
—¡Si crees que me vas a poner condiciones por tus malditas pieles, te las puedes ir metiendo…!
—¡Whoa, para ahí el carro! —Se levantó del asiento y caminó con pasos lentos, bordeando la larga mesa.
Lilianne estaba volátil y tan sexy, maldita sea.
Ese vestido oscuro delineaba todas las curvas maduras del cuerpo que él jamás había olvidado.
—¿Quién dijo que vine a chantajearte con mis recursos? —Se paró delante de ella, pasándose por el forro su espacio personal.
Lilianne quiso retroceder, pero su trasero chocó contra el borde de la mesa.
Tuvo que alzar la barbilla para enfrentarse a esos ojos gris acero.
—Entonces, ¿qué es todo esto del acuerdo privado? Nuestra relación del pasado no tiene nada que ver con los negocios…
—¿Del pasado? —Douglas sonrió sin pizca de gracia—. Porque la del presente es la que tienes con ese Ken de cabello rubio…
—Deja a Oliver fuera de esto —habló Lily entre dientes, intentando no ahogarse en lo rico que olía su colonia.
—Yo no te he preguntado por tu verdadera relación con Beatrice Whitmore o por qué me cambiaste por Karla…
De repente, lo tuvo encima de ella.
La mano de Douglas se aferró a su nuca mientras su alto cuerpo la empujaba contra la mesa y se inclinaba sobre ella.
Lilianne se quedó rígida durante un segundo y su corazón comenzó a latir como loco.
—No tengo nada con Beatrice, ni con ella ni con nadie. Durante estos años no acepté a ninguna pareja sentimental. Yo…
“No podía superarte”.
La expresión de Douglas se oscureció al recordar todas esas noches vacías, llenas de alcohol rancio y una soledad que se volvía insoportable cada día.
—Y Karla jamás me gustó. La usaba a conveniencia, pero nunca pasamos de las apariencias. Yo te respetaba…

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