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NO QUIERO TU AMOR POR LÁSTIMA romance Capítulo 8

El hombre alto y fornido, tenía la mano libre apoyada sobre la mampara de cristal, nublada por el vaho, y los ojos grises fijos en la puerta.

Sus bolas pesadas se tensaban, sus caderas ondeaban eróticamente y sus dedos formaron un círculo apretado alrededor de la gruesa cabeza, imitando los labios de su esposa.

Pero nada le hacía justicia al placer de la boca de Lily mamándolo y el morbo lascivo de tenerla sumisa a sus pies.

—¿Qué esperas, nena? Vamos… —gimió en voz baja.

Sin embargo, Lilianne jamás atravesó aquella puerta y Douglas tuvo que terminar salpicando todo el cristal durante un orgasmo que le supo a frustración.

—Maldita sea… —maldijo bajo el chorro frío de agua mientras se lavaba.

¿De verdad se había enfadado tanto por el tema de la fiesta y Karla?

¿Acaso no entendía que él tenía sus razones? Unas muy poderosas que ella ni siquiera podía imaginar.

¿No podía confiar un poco en él?

—Lo hago para mantenerte a salvo —masculló entre dientes, mirando los azulejos mientras el agua le empapaba el cabello oscuro y rodaba por su musculosa espalda.

¿Y si le contaba la verdad?, al menos una parte...

Debía de ser difícil para ella llegar de repente y sentirse excluida de su vida.

Sabía que se acomplejaba por su cojera.

Douglas estaba indeciso.

Se pasó todo el tiempo indeciso mientras se secaba primero el cuerpo y después el cabello.

Se enredó una toalla alrededor de las caderas y salió, secándose el pelo con otra.

Lilianne ni siquiera había encendido la luz y parecía una cosita frágil enredada bajo las sábanas.

En su enorme cama se veía tan inocente, tan pequeña e indefensa…

“No, no puedo cargarla también con eso. Ella tiene que estar a salvo, alejada de esta mierd4 y en la hacienda, donde nadie pueda relacionarla conmigo”.

Tomó la decisión mientras rodeaba la cama y se sentaba en el borde.

Estiró una mano para apartarle un mechón de la frente.

Los ojos color chocolate se abrieron de repente para mirarlo.

—¿Te duelen mucho las piernas? Ni siquiera has pedido nada para comer. ¿Llamo al doctor?

—No. Estoy bien, no tengo hambre. Solo quiero… —Douglas frunció el ceño al escucharla titubear.

Si volvía a hablarle del divorcio…

—Quiero regresar a la hacienda. Aquí solo te causo problemas. Tú estás ocupado con el trabajo y yo no debí venir por sorpresa.

Douglas se asombró al encontrarla nuevamente tan dócil.

Había creído que convencerla otra vez sería difícil.

—Está bien, Lily. Así lo haremos —le respondió aliviado, sin dejar de acariciar su rostro.

—Cuando solucione las cosas aquí, iremos de vacaciones adonde quieras. Podemos hacer nuestra vida en la capital y aquí hay mejores tratamientos…

—Está bien —respondió Lilianne, medio oculta entre las almohadas.

Douglas se inclinó para besarla en la sien.

Su conciencia no estaba tan limpia como se obligaba a aparentar.

Cuando pensaba en el problema de las piernas de ella, era cuando más culpable se sentía.

—Mañana te llevaré a almorzar. Sal y compra un vestido bonito para que pasemos la tarde a solas antes de que te marches.

Promesas que antes la derretían, pero que ahora solo le provocaban tristeza.

«Y si tengo que follármela y hacerle creer que somos una pareja feliz para pagarle esa deuda, lo haré».

Las palabras de Douglas continuaban resonando dentro de ella, incluso cuando él ya se había vestido y había abandonado la habitación.

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