—El que no tiene ninguna intención de arreglar las cosas, no soy yo, eres tú —sentenció Joaquín.
Arturo entrecerró los ojos con recelo.
—Me sorprende bastante. ¿De verdad vas a proteger a una don nadie? ¿Tanto te convenció esa nuera?
—Por supuesto que me convenció, de lo contrario no habría apoyado su matrimonio.
Joaquín alzó una ceja, y en su mirada afilada asomó una intimidación implacable.
—¿Cómo va a ser una don nadie? Nanette no solo es mi nuera, es como mi hija.
—Y como comprenderás, a mi hija la defiendo a capa y espada; jamás permitiré que nadie la pisotee.
Mientras decía esto, Joaquín barrió con la mirada a Adrián, que estaba parado a un lado.
Una chispa de emociones complejas cruzó por los ojos de Adrián, pero rápidamente retomó su frialdad habitual.
Arturo bufó:
—Suena como un chiste malo.
Joaquín replicó: —El chiste más malo de este mundo sería que yo, Joaquín Cortés, no pudiera proteger a mis propios hijos.
A Joaquín ya no le interesaba seguir perdiendo el tiempo.
—Si aceptas, te traspaso el club ahora mismo. Pero en cuanto a tus otras dos condiciones, te aconsejo que te vayas olvidando de ellas.
—Si ni siquiera yo soportaría ver a mi hijo y a mi nuera arrodillarse ante nadie, ¿qué te hace creer que dejaré que se humillen ante un extraño?
Arturo vio cómo Joaquín se daba la media vuelta y salía.
Lleno de ira, Arturo tiró la taza de té de un manotazo, la cual se hizo añicos contra el suelo.
Los sirvientes corrieron a limpiar el desastre.
Adrián giró la cabeza por casualidad y vio que Dora de Zamora salía de su habitación; de inmediato corrió a sostenerla.
—Mamá.
El semblante de Dora lucía muy pálido y caminaba con debilidad.

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