«Amistosa... grandes amigos...»
Qué discurso tan asquerosamente hipócrita.
Altavista Premier apenas era un simple departamento, y tenían el descaro de presumirlo como un acto de inmensa generosidad.
La palabra «vergüenza» ya no existía en el vocabulario de la familia Godoy.
Nanette tuvo ganas de reír a carcajadas.
Galileo le arrebató el celular. Su rostro palideció al terminar de leer el texto.
—Si te digo que esto no fue idea mía, ¿me creerías?
Ella bajó la mirada y esbozó una sonrisa que no le llegó a los ojos.
—Te creo.
Un rayo de esperanza cruzó por los ojos de él.
—¿De verdad me crees?
—Sí, te creo.
—Tú...
—Pero, ¿qué diferencia hace? No moviste un dedo para impedirlo. Permitiste que esto pasara. Dejaste que tu familia pisoteara mi reputación.
Galileo sintió un nudo amargo en la garganta.
—Mi abuela...
Ella no soportaba escuchar ni una vez más esa palabra saliendo de los labios de él.
Era el origen de todas sus pesadillas.
—Galileo, de verdad que te entiendo.
Él la miró fijamente.
—¿Qué es lo que entiendes?
—Entiendo lo desesperado que estás por heredar el imperio Godoy, al punto de aguantarlo todo.
Incluso si algo le repugnaba, se mordía la lengua y dejaba que lo pisotearan con tal de asegurar su herencia.
Esa capacidad de aguante estaba fuera de lo común.
Tal vez esa era la mayor virtud de Galileo.
Siempre sabía con exactitud cuál era su objetivo.
Él se quedó perplejo.
Ese comentario destilaba puro sarcasmo.
Pero, por alguna razón, no podía enojarse con ella.
—Nanette...
Ella frunció el ceño.
»Pero estos niños ricos solo crean empresas por capricho. Solo está jugando al empresario; no le importa el proyecto en realidad.
Ella sonrió a medias.
—Subestimas demasiado a tu rival.
Él hizo oídos sordos a sus palabras.
—Te doblaré el sueldo que te están pagando ahí. Tendrás absoluta libertad. Elige el cargo que quieras, es tuyo.
¿Libertad?
¡Ja!
Si Noel se lo prometía, le creía.
Pero la «libertad» en la boca de Galileo era lo mismo que unas cadenas.
Galileo era de esos que prefieren quemar el mundo antes de aceptar que alguien les gane una.
¿Acaso un hombre así podía ofrecerle verdadera libertad?
No tenía intenciones de seguir perdiendo el tiempo con esa discusión absurda.
—Galileo, te lo voy a decir por última vez y muy en serio: jamás iré a tu empresa. Me encanta mi trabajo actual.
La expresión de él se volvió gélida.
—¿Te encanta Nube Alta, o te encanta el dueño de Nube Alta?

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