«Amistosa... grandes amigos...»
Qué discurso tan asquerosamente hipócrita.
Altavista Premier apenas era un simple departamento, y tenían el descaro de presumirlo como un acto de inmensa generosidad.
La palabra «vergüenza» ya no existía en el vocabulario de la familia Godoy.
Nanette tuvo ganas de reír a carcajadas.
Galileo le arrebató el celular. Su rostro palideció al terminar de leer el texto.
—Si te digo que esto no fue idea mía, ¿me creerías?
Ella bajó la mirada y esbozó una sonrisa que no le llegó a los ojos.
—Te creo.
Un rayo de esperanza cruzó por los ojos de él.
—¿De verdad me crees?
—Sí, te creo.
—Tú...
—Pero, ¿qué diferencia hace? No moviste un dedo para impedirlo. Permitiste que esto pasara. Dejaste que tu familia pisoteara mi reputación.
Galileo sintió un nudo amargo en la garganta.
—Mi abuela...
Ella no soportaba escuchar ni una vez más esa palabra saliendo de los labios de él.
Era el origen de todas sus pesadillas.
—Galileo, de verdad que te entiendo.
Él la miró fijamente.
—¿Qué es lo que entiendes?
—Entiendo lo desesperado que estás por heredar el imperio Godoy, al punto de aguantarlo todo.
Incluso si algo le repugnaba, se mordía la lengua y dejaba que lo pisotearan con tal de asegurar su herencia.
Esa capacidad de aguante estaba fuera de lo común.
Tal vez esa era la mayor virtud de Galileo.
Siempre sabía con exactitud cuál era su objetivo.
Él se quedó perplejo.
Ese comentario destilaba puro sarcasmo.
Pero, por alguna razón, no podía enojarse con ella.
—Nanette...
Ella frunció el ceño.

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