Elisa abrió la puerta, echó un vistazo al hombre que estaba afuera y luego se dio media vuelta para seguir empacando sus cosas en la habitación.
—¿El señor Solano vino a apurarme para que me largue más rápido?
Gael cerró la puerta y caminó hacia ella, sintiendo una extraña punzada en el pecho.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—¿Decirte qué?
—La verdadera razón por la que hiciste lo de ayer.
Elisa detuvo lo que estaba haciendo.
—¿Kiko te lo contó?
—Sí.
Elisa torció los labios.
—¿Y eso qué importa?
Los ojos oscuros de Gael destellaron.
—¿No importa?
Elisa bufó.
—Para mí no. Desde hace tiempo sé que no te agrado, solo que esta vez colmé tu paciencia.
—Pero no pasa nada. ¡Si no me quieren aquí, sobrarán lugares a donde ir! Nube Alta seguirá girando sin mí, y yo seguiré viva sin Nube Alta.
—Solo que...
Elisa soltó un suspiro.
—De verdad voy a extrañar la empresa. Disfrutaba mucho el ambiente de trabajo.
—Pero no hay de otra. Si el señor Solano no me soporta, no me voy a quedar a rogar.
—Aun así, te agradezco por haberme aguantado todo este tiempo.
Mientras hablaba, terminó de empacar.
Elisa agarró el asa de la maleta, lista para irse.
—Primero regresaré a San Lirio y dejaré mi carta de renuncia en tu escritorio.
La mano del hombre agarró la misma asa de la maleta.
—Gracias.
Elisa se quedó helada por un segundo.
—Vaya, qué raro es escuchar esa palabra de ti.
Luego sonrió, quitándole importancia.
—Así soy yo. Tiendo a ser muy protectora con los míos. Si no hubieras sido tú, y hubiera sido cualquier otro colega, habría hecho lo mismo. Así que, señor Solano, no se haga ideas raras.
La mano de él seguía aferrada al asa, sin soltarla.
Como si tuviera miedo de perder algo si lo hacía.
De pronto, Gael sintió un nudo opresivo en el pecho.

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