Cuando cruzó la puerta y vio a todos reunidos, esperándolo, sintió unas ganas repentinas de llorar.
No hay nada más conmovedor en este mundo que el calor y el cariño desinteresado que puedes encontrar en medio del invierno más gélido.
Familia.
Qué palabra tan hermosa.
Al pasar por una juguetería, Gael detuvo el auto.
Quería ver si ya había llegado el juguete que le encargó a su sobrino.
Justo al lado de la juguetería había una cafetería.
A pesar de ser la víspera de Año Nuevo, seguía abierta.
Gael echó un vistazo de reojo y su mirada se congeló.
Si no le fallaba la vista, la persona sentada sola en aquel rincón oscuro era Elisa.
El ruido y las luces de las festividades en la calle contrastaban de manera cruel con la profunda soledad y tristeza que emanaba de ella.
Gael ni siquiera supo en qué momento entró al lugar.
Cuando volvió en sí, ya estaba parado junto a su mesa.
—¿Sola?
La sorpresa cruzó fugazmente el rostro de Elisa antes de que ella esbozara una sonrisa que nadie sabría decir si era real o falsa.
—Señor Solano. Qué coincidencia.
Gael jaló una silla y se sentó frente a ella.
—¿Tu novio no está contigo hoy?
—Regresó a su pueblo.
—¿Y no fuiste con él?
—No planeo casarme con él, así que no hay necesidad de ir a conocer a sus padres.
—Entonces, ¿por qué no fuiste tú a visitar a tu familia?
Elisa guardó silencio durante unos segundos.
—Mis padres se divorciaron cuando yo era adolescente. Ambos formaron sus propias familias. ¿Y yo?
Soltó una sonrisa amarga y bufó.
—Yo me convertí en la sobra.
—Pero no me puedo quejar, supongo que tuve suerte. Aunque no me querían, me mandaban dinero. Con ese apoyo económico, viví bastante bien con mi abuela.
—Solo que...
Elisa apoyó la barbilla en su mano y miró por la ventana.
Afuera, la gente iba y venía. Todo se veía muy alegre.
Pero nada de esa alegría le pertenecía a ella.
—Cuando mi abuela falleció, me quedé sin familia.
—Por eso, cuando seguí a ese estúpido al extranjero, fue porque fui lo bastante ingenua para creerle cuando dijo que me daría un hogar.
Elisa soltó una carcajada triste.
—Patético, ¿verdad?
Gael no continuó con ese tema. Su mirada se posó en la taza de café que ya estaba completamente fría.
—¿Solo vas a cenar eso?
Elisa sacudió la cabeza para alejar los recuerdos.

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