Al salir de la universidad, Nanette se sentía intranquila.
No sabía si su desasosiego se debía a las verdades que le había revelado la profesora Eva.
Metió su auto a una estación de servicio para llenar el tanque.
De pronto, recibió una llamada del hospital. Como no podía contestar en ese momento, cortó la llamada.
Una vez que terminó de cargar gasolina, estacionó el auto a un lado de la calle y devolvió la llamada.
La voz del médico sonaba bastante urgente.
—Señorita Larco, al parecer alguien ha estado investigando sobre su embarazo.
El corazón de Nanette dio un vuelco.
—Hoy tengo el día libre, no estoy en el hospital. Fue una de las enfermeras quien me llamó para avisarme que alguien fue a preguntar por sus registros de embarazo.
Nanette frunció el ceño, con la mente hecha un torbellino.
El asistente de Galileo Godoy había ido a su antigua universidad a investigar su expediente. Y ahora alguien más estaba indagando sobre su embarazo en el hospital.
¿Qué clase de pecado capital había cometido? ¿Por qué de repente tanta gente estaba investigándola?
El médico sonaba muy preocupado.
—Señorita Larco, si el señor Cortés se entera de esto, me temo que no nos perdonará la vida.
Nanette no lograba comprenderlo.
Noel Cortés siempre le había parecido un hombre amable y educado; no entendía por qué el médico le tenía tanto terror. Pero para tranquilizarlo, Nanette le dijo:
—Haga de cuenta que no sabe nada de esto. Yo tampoco se lo mencionaré, así que no se preocupe.
El médico respiró aliviado, pero no perdió la oportunidad de advertirle:
—¿Cree que haya sido esa mujer que vino ayer al hospital con usted? Si fue ella... la verdad es que no tiene cara de ser una buena persona. Tenga mucho cuidado.
¿Acaso había sido Yolanda Camoso?
¿O tal vez Galileo?
¿O quizá Anatolia?
El corazón de Nanette se llenó de una profunda inquietud. Tenía el mal presentimiento de que algo terrible estaba a punto de ocurrir.
Como tenía la cabeza en otro lado y le costaba concentrarse, ni siquiera se atrevía a pisar el acelerador con fuerza. El auto avanzaba a velocidad moderada por la autopista.
¿Aquel camión había intentado atropellarla a propósito?
Al entrar a la casa, Nanette decidió no mencionarle el incidente a Melba. Si se lo contaba, la mujer entraría en pánico de inmediato.
Nanette fingió que no pasaba nada y cenó tranquilamente con Melba.
Pero cuando regresó a su habitación, el párpado no dejaba de latirle.
De repente, el sonido estridente de su teléfono la hizo dar un respingo.
Era un número desconocido.
Aún con el susto en el cuerpo, contestó la llamada.
La voz al otro lado de la línea le resultó vagamente familiar.
—Señorita Larco, mañana a las diez de la mañana, nos veremos.
Nanette reconoció de inmediato a quién pertenecía esa voz.
Era Luis Camoso.
Ante aquel tono de orden directa, Nanette no se dejó intimidar en lo absoluto.

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