Esa misma noche.
Isaac descubrió, asombrado, que aunque ya era tardísimo, las luces del gimnasio de la casa seguían encendidas.
Cierto hombre estaba adentro, sudando la gota gorda.
A Isaac le ganó la curiosidad.
—Señor, ¿qué hace haciendo ejercicio a estas horas de la madrugada?
El rostro de Noel reflejaba pura y absoluta competitividad.
—Abdomen.
—¿Qué abdomen?
—Los músculos marcados.
Isaac se rascó la cabeza, completamente confundido.
—¿Que no los tiene ya marcados?
—Estos días me he descuidado, casi no he entrenado. Temo que ya no se noten tanto.
Isaac se acercó y le dio un pequeño toque con el dedo.
—¡Si se le notan un montón! ¿Qué más quiere? Señor, ¿le pasó algo que lo dejó traumado?
Noel no respondió.
Simplemente le sumó diez kilos más a la barra de pesas.
***
Al mediodía del día siguiente.
Nanette fue a buscar a Camila para almorzar juntas.
Camila se veía bastante desanimada.
—Señorita Mancilla, ¿quién le arruinó el día ahora?
—Nadie. Es solo que estoy cansada de escribir código —respondió Camila.
Nanette echó un vistazo a su monitor.
Estaba perfeccionando el programa del robot para la competencia.
Nanette ya había terminado la parte más importante del trabajo.
El resto se lo había delegado a Camila y al equipo.
De pronto, Nanette intuyó algo, pero prefirió no decir nada.
—Vamos, acompáñame a comer a la cafetería.
—No tengo hambre, se me quitó el apetito.
Nanette bromeó:
—¿Estás guardando espacio para darte un banquete en la noche?
Camila hizo una pausa.
—¿Cuál banquete en la noche?
Nanette también se extrañó.
—¿No te dijo Venancio?
—¿Decirme qué?
Nanette se sorprendió aún más.
—Ayer nos llamó. Dijo que tenía que ir a la villa Lenso, así que Noel le organizó una despedida. Le pidió que te avisara. ¿No lo hizo?
El corazón de Camila se llenó de un repentino malestar.
«Avisarme, mis polainas».

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