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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 483

A decir verdad, Galileo ya se había dado cuenta de eso hace mucho tiempo.

Simplemente fingía ignorarlo.

—Yo no la amo —soltó él.

—Já —soltó Nanette, con una media sonrisa—. Y a todo esto, Galileo, ¿a quién serías capaz de amar?

Galileo la miró, y un destello intenso cruzó por sus ojos.

—Yo...

—Galileo —Nanette suspiró—. Detesto bastante a Yolanda, pero también me da lástima. En realidad, cualquier mujer que se relacione contigo resulta digna de lástima.

Incluyendo a Irene Mera.

Porque ninguna de ellas lograría jamás obtener amor verdadero de Galileo.

Lo único que podían conseguir de él era un poco de consuelo físico en los días que estuviera de buen humor.

Galileo se rehusaba por completo a seguir con ese tema.

—Vamos al hospital primero.

Nanette lo rechazó.

—No hace falta, puedo ir por mi cuenta.

—¿En serio crees que voy a dejar que te vayas sola? —replicó Galileo.

Nanette dejó escapar un suspiro de resignación.

—Llévame, entonces.

El viento le golpeaba la herida en el cuello, provocándole un ardor punzante.

Pero, por alguna extraña razón, también sentía una punzada de dolor en el pecho.

El auto se puso en marcha lentamente.

Nanette volteó la mirada por inercia.

La figura que apareció en el espejo retrovisor hizo que su corazón se encogiera de golpe.

El hombre, con las manos en los bolsillos, estaba de pie tranquilamente detrás del vehículo, con el rostro sereno, sin mostrar ni tristeza ni alegría.

Pero ese pequeño brillo que solía habitar en su mirada, ya se había hecho pedazos.

Nanette apartó la vista rápidamente y cerró los ojos.

La presión en su pecho era tal que casi no la dejaba respirar.

Creía que, tras divorciarse de Galileo, se había vuelto inmune a los asuntos del corazón.

Entonces, ¿por qué sentía esa punzada en el alma?

Galileo notó que algo andaba mal con ella.

—¿Qué sucede?

Nanette se recostó contra el asiento, incapaz de abrir los ojos.

—Solo conduce.

El auto se alejó.

Noel seguía inmóvil en el mismo sitio.

Camila observó su perfil y apretó los dedos con nerviosismo.

—Sr. Cortés, yo...

La mirada de Noel se ensombreció.

—Ella ya lo sabe, ¿verdad?

Camila se quedó atónita.

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