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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 399

Apenas soltó esas palabras, Nanette se arrepintió. Aún no era el momento de revelar ese secreto.

Por suerte, la mente de Galileo seguía anclada en el pasado.

—¿Todavía dudas de Mateo? ¿De nuevo quieres insinuar que no es mi hijo biológico? ¿No se te ocurre otra forma de provocarme?

Nanette estuvo a punto de echarse a reír y desvió el tema a propósito.

—No dejaré pasar lo de Dina Godoy. Nos veremos en el Juzgado.

Dicho esto, se dio la vuelta para marcharse.

Galileo se interpuso en su camino.

—Hazlo por los años que estuvimos casados.

Nanette ladeó la cabeza y se burló:

—Es mejor que no menciones eso. Cada vez que recuerdo que estuvimos casados, menos ganas me dan de perdonar.

Galileo se quedó sin saber qué decir; su furia empezaba a desbordarse.

—¡¿Qué es lo que quieres?! ¡¿A fuerzas tiene que ir a la cárcel?! Si entra a prisión tan joven y le quedan antecedentes, ¿qué va a ser de ella?

—El que la hace, la paga. ¿Qué va a ser de ella? ¿Acaso no te tiene a ti? ¿Acaso no tiene el respaldo de los Godoy? Con tanto dinero e influencia, no les debería costar trabajo mantener a una inútil.

—¡Tú...!

Enfurecido, Galileo se acercó peligrosamente a ella.

Hugo extendió el brazo y lo empujó sin miramientos, manteniendo su rostro impasible.

—¡Aléjate de ella!

Galileo sentía que los pulmones le iban a estallar. ¡En toda su vida jamás lo habían humillado de esa manera! ¡Y todo por culpa de su inservible hermana! Si hubiera sabido en qué terminaría esto, nunca la habría dejado volver al país.

Pero el daño ya estaba hecho y no podía lavarse las manos. Además, tenía a Anatolia presionándolo desde arriba; le había dejado claro que debía ayudar a Dina a superar ese bache a toda costa, o no se lo perdonaría.

La preocupación por este asunto lo había dejado sin apetito y sin poder conciliar el sueño. La única salida que veía era ofrecerle a Nanette un arreglo fuerte para que firmara y el asunto se le bajara al juez. Con las influencias adecuadas, tal vez hasta conseguiría libertad condicional. Eso resolvería el problema.

Sin embargo, al ver la actitud de Nanette, Galileo comprendió en el fondo que ya no había esperanza.

La mirada fría de Nanette lo escrutó.

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