Nanette observó ese rostro impregnado de una sinceridad que la dejó momentáneamente desconcertada.
Ese hombre definitivamente no parecía ser el Galileo que ella conocía.
El Galileo al que estaba acostumbrada siempre se mostraba arrogante, prepotente y convencido de tener la razón absoluta.
Aun estando equivocado, jamás habría admitido un error con tanta facilidad.
Las palabras "lo siento" simplemente no figuraban en su vocabulario.
—Galileo, de verdad pareces ser otro.
—¿En qué he cambiado? —preguntó él.
Nanette soltó una risa seca.
—Es bastante raro escucharte pedir disculpas. Todo un acontecimiento.
—Sé que en el pasado cometí muchos errores contigo. Llevaba tiempo queriendo decírtelo, pero no encontraba la ocasión porque siempre me evitabas.
—Nanette, de ahora en adelante... ¿podrías dejar de huir de mí?
Nanette guardó silencio.
Galileo dio un paso hacia ella.
—Aunque sea solo como amigos.
Nanette apretó los labios mientras lo miraba, sin saber exactamente qué responder a eso.
Habría jurado que, al no recibir una respuesta, Galileo perdería los estribos.
Pero no fue así.
Con voz muy serena, le dijo: —Entra ya, hace frío aquí afuera. Y recuerda volver al hospital en un par de días para que te cambien el vendaje.
Dicho eso, Galileo se dio la media vuelta y se marchó.
Nanette también se giró y entró al apartamento.
Al encender la luz, el interior se iluminó de golpe.
Pero el ambiente seguía sintiéndose igual de vacío y desolado.
Fue al llegar a la sala que notó una pequeña planta sobre la mesa de centro.
Estaba verde y frondosa.
Seguramente Gael la había dejado ahí.
Quién iba a pensar que un chico de apariencia tan fría e insolente tuviera la delicadeza de cuidar plantas.
Nanette fue a su habitación y se dio una ducha rápida.
Tuvo mucho cuidado de no mojar la herida de su cuello mientras se lavaba.
El vapor caliente empañó el espejo por completo, creando una espesa bruma blanca que desdibujaba su propia silueta.
Totalmente desnuda, Nanette pasó la mano por el cristal para despejar el vaho.
Su reflejo se hizo nítido, pero sintió como si la mujer que la miraba de vuelta fuera una completa desconocida.
No debió haberse ido con Galileo.
Porque sabía que eso lastimaría a Noel.
Sin embargo, tampoco quería irse con Noel.
Porque, sencillamente, no sabía cómo mirarlo a los ojos...
Los recuerdos comenzaron a agolparse en su mente, uno por uno.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó