—...su comportamiento de hoy me decepcionó muchísimo. Sigo sin entender cómo fue capaz de marcharse con Galileo.
Camila apretó los labios con remordimiento.
—Seguramente tendría sus razones.
—Razones o no, irse con él es imperdonable. Ella no tiene ni la menor idea de lo mucho que el Joven Amo sufrió al no dar con su paradero; ¡casi se vuelve loco de la desesperación! Fue la primera vez en mi vida que lo vi perder los estribos de esa manera, se le veía tan perdido y angustiado.
—Al final, cuando agotamos todas las opciones, no le quedó más remedio que rebajarse a llamar a Galileo.
—¡Se trata de Galileo! El peor enemigo del Joven Amo. Y, aun así, por el bien de la señorita Larco, él estuvo dispuesto a tragarse el orgullo con tal de que le dijera dónde estaba ella.
Camila guardó absoluto silencio, con un nudo de angustia apretándole el estómago.
Pero ese malestar no se debía a que Noel hubiera sido capaz de llegar a tales extremos por Nanette.
Lo que verdaderamente la martirizaba eran las duras palabras que le había escupido a Nanette horas antes.
Por mucho que se tratara de verdades irrefutables.
Las había soltado dominada por sus peores emociones.
Llenas de envidia, de resentimiento y de un amargo sentido de injusticia.
No lograba asimilar cómo era posible que, a pesar de provenir de una excelente familia, ser hermosa e inteligente, Noel jamás le hubiera dirigido una segunda mirada.
Sus únicas interacciones se reducían a lo estrictamente profesional.
Por lo demás, él jamás buscaba entablar una conversación con ella de forma voluntaria.
Y la única vez que había tomado la iniciativa de llamarla, fue precisamente para saber de Nanette.
Por eso Camila no podía evitar sentir esa amargura.
Sin embargo, en ese preciso momento, se arrepentía desde lo más profundo de su ser.
Nanette nunca estuvo al tanto de nada de lo que pasaba a sus espaldas.
Entonces, ¿qué culpa tenía ella?
Y, a pesar de eso, ella le había hecho una escena tan bochornosa...
Camila... por Dios, Camila, has hecho el ridículo más espantoso.
Por no mencionar lo patética que fuiste con Venancio...
Desde la cocina comenzó a llegar un aroma dulce y apetitoso.
En pocos minutos, Nanette apareció en el comedor sosteniendo un humeante tazón de sopa.
A Noel no le resultaba familiar aquel postre.
—¿Qué es esto?
—Es un arroz con leche. Revisé la nevera, vi que había ingredientes y decidí prepararlo; supongo que los compró Gael cuando se quedó aquí.
El muy sinvergüenza parecía habérselo montado muy bien, pues había abastecido la nevera con toda clase de provisiones.
Gael tenía toda la intención de apoderarse de ese apartamento por una buena temporada, por lo que se había aprovisionado abundantemente.
Lástima que no alcanzó a disfrutarlo ni dos días antes de que lo echaran de patitas en la calle.
Y sí, "echaran" era definitivamente el término más adecuado para describir lo ocurrido.
Noel se llevó una cucharada a la boca.
—Sabe de maravilla.

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