—¿Qué pasa? —preguntó Camila.
Nanette dudó un poco antes de hablar, pero decidió darle un consejo.
—Deberías llamarle a Venancio. Si de verdad te importa la amistad que tienen, hazlo.
Después de terminar la llamada, Camila se quedó mirando al vacío durante un buen rato.
No sabía si debía contactar a Venancio Lenso.
Si lo hacía, su orgullo se vería herido; al fin y al cabo, él la había mandado al diablo y le había dicho que no quería verla nunca más en su vida.
Pero si no lo llamaba... Lo cierto es que ella había tenido la culpa. Se había dejado llevar por su sensibilidad y había descargado toda su negatividad sobre él.
Además, cuando Venancio fingía ser su novio, sabiendo que era una mentira, siempre había tratado a sus padres con un profundo respeto.
Por otro lado, Venancio estaba arrodillado en la sala de la familia, tan exhausto que se quedaba dormido. El sonido repentino de su teléfono lo hizo reaccionar de golpe.
Contestó entre murmullos, pero al ver quién era, sintió un impulso casi irresistible de colgar.
Sin embargo, después de pensarlo un segundo, decidió responder, aunque su tono de voz fue todo menos amable.
—¡Qué quieres!
Camila ya estaba preparada para soportar los regaños sin decir ni una palabra.
—Venancio, yo...
Venancio movió un poco sus entumecidas piernas.
—¡Qué quieres! ¿Acaso quieres volver a usarme para desahogar tu rabia?
Camila apretó los dientes.
—¡Lo siento!
Venancio se quedó paralizado.
—¿Qué dijiste?
Camila levantó la voz y lo repitió con firmeza.
—¡Lo siento!
Venancio estaba de muy mal humor, pero al escuchar esas palabras, su lado juguetón salió a relucir.
—¡Vaya! Me preguntaba por qué esta mañana las urracas cantaban tan fuerte en la puerta de mi cuarto. ¡Resulta que sí había buenas noticias! No me imaginé que nuestra adorada señorita Mancilla se dignaría a pedirme perdón.
Camila hizo un puchero.
—No empieces, ¿quieres? Ya me disculpé. Deberías dejarlo así y darme un respiro.
—Cuando te di un respiro, ¿por qué no lo tomaste? En cambio, me humillaste delante de todo el mundo.
—Yo... en ese momento me dio miedo de que tú fueras a...
—¿Y ahora ya no te da miedo? ¿Ya te diste cuenta de que no soy esa clase de persona?
—Sí.

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