Nanette ni siquiera supo cómo había terminado en los brazos de Noel.
Para aligerarle la carga, rodeó su cuello con los brazos por iniciativa propia.
—Noel...
Como corría muy rápido, Noel estaba un poco sin aliento.
—No hables, ya casi llegamos al consultorio del doctor.
—No es... yo...
—No hables, guarda tus fuerzas. Descuida, no pasará nada. Estoy contigo, no tengas miedo.
—¡Noel! —Nanette tomó una profunda bocanada de aire y alzó la voz—. ¡Escúchame!
Noel finalmente redujo el paso.
—Dime.
Nanette no sabía si reír o llorar.
—No me duele el vientre, es solo un dolor de estómago.
Noel exhaló un suspiro de alivio de inmediato.
—Pero Camila dijo que te dolía el vientre...
—Solo estaba muy nerviosa y se confundió.
Noel no la soltó.
—Primero veamos al doctor y luego hablamos.
—No vayamos, ya me siento mucho mejor.
—No.
—Noel... —Nanette, sin darse cuenta, comenzó a hablarle con un tono mimado—. De verdad ya estoy bien. Creo que fue porque al mediodía me comí una fruta recién sacada del refrigerador. Pero ahora se me ha pasado el dolor, no te preocupes. ¡Estoy bien!
Solo entonces, Noel se detuvo.
—¿Estás segura?
Aferrada a su cuello, Nanette le sonrió.
—Tranquilo. Valoro mucho mi propia vida, así que si realmente me sintiera mal, iría al doctor de inmediato. Mi cuerpo no tolera muy bien las cosas frías; apenas las como, el estómago me empieza a molestar.
—Entonces, ¿por qué la comiste? —la reprendió Noel.
Nanette sonrió con pena.
—No pude aguantar el antojo. Tendré más cuidado la próxima vez.
Por un instante, a Noel se le olvidó bajarla.
—Bájame, por favor —le recordó Nanette—. Hay mucha gente mirándonos.
Pero a Noel nunca le había importado la opinión de los demás; caminaba como si no hubiera nadie alrededor.
Sin embargo, al ver que el rostro de Nanette lucía tranquilo, su corazón por fin se calmó y se dispuso a bajarla.
De repente, una voz gélida resonó a su lado.
—¡Ah! No sabía que el señor Cortés fuera todo un mujeriego. Tiene a su prometida, pero todavía tiene tiempo de coquetear con otras mujeres.
¡Esa voz!
Nanette no necesitaba voltear para saber de quién se trataba.

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