Ivón estaba tan desesperada que de pronto pensó en Nanette.
—¡Seguro fue esa mujer! ¡Sí! ¡Debe haber sido ella! ¡Seguro que cuando vivía en nuestra casa nos escuchó hablar a escondidas!
—¡Sí! ¡Tiene que ser Nanette! Como nuestra familia la echó a la calle, nos guarda rencor, así que está buscando cualquier manera de destruir a la familia Godoy por venganza.
Galileo se levantó de golpe, pateando la silla frente a él. Sus movimientos fueron tan violentos que parecía que acababa de liberar una rabia reprimida por demasiado tiempo.
—¡Qué demonios tiene que ver ella en esto! ¡Dejen de echarle la culpa de todo! ¡Si no fuera por ustedes, ella y yo nunca nos habríamos divorciado!
Ivón se encogió de miedo, temblando como una hoja.
Jamás había visto a Galileo enfurecerse a ese nivel.
Y mucho menos delante de Anatolia.
Nadie se atrevía a faltarle al respeto a esa anciana.
¿Qué le pasaba a Galileo...?
—Galileo —Anatolia intentó regular su propia respiración—. ¿Me estás diciendo que por una cualquiera vas a darle la espalda a tu propia familia?
Galileo avanzó un paso a la vez, mirándola con total superioridad desde los pies de la cama.
—Ella no es una cualquiera. Nunca lo ha sido.
Anatolia soltó una carcajada cargada de sarcasmo.
—Veo que te has enamorado de ella. ¿Pero de qué sirve? ¿De verdad crees que alguna vez volverá a pisar esta casa?
—Galileo, ¿crees que soy estúpida y no sé lo que estás tramando?

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