En realidad, Ivón nunca había sentido el más mínimo afecto por Dina.
Durante todos esos años, solo había sido forzada por Anatolia a mantener las apariencias de una familia feliz.
Pero en el fondo, la existencia de Dina siempre había sido una humillación constante para ella.
Esas palabras llenas de veneno golpearon tan duro a Anatolia que no logró recuperar el aliento. Dio varias bocanadas de aire buscando oxígeno, su pecho subía y bajaba con desesperación.
—¡Ustedes dos! ¡Están planeando una rebelión!
—¡Si así lo quiere llamar, entonces sí me estoy rebelando! —Ivón había llegado a un punto sin retorno. Ya nada le importaba.
¡Era el colmo!
Si había soportado tantos abusos por tantos años, era únicamente para que su hijo pudiera convertirse en el jefe de la familia.
Y al final, esta anciana los había apuñalado por la espalda.
¡Ya no podía aguantar ni un segundo más!
—¡Todo es porque Galileo se parece a su difunto esposo! Su esposo la engañó, ¡usted lo odia profundamente, y por eso cada vez que mira a Galileo recuerda la traición y el dolor que ese hombre le causó!
—¡¿Cree que es justo tratar así a Galileo?! ¡¿Acaso parecerse físicamente a él es un pecado imperdonable?! ¡Usted tiene problemas psicológicos graves! ¡No! ¡No solo psicológicos, está completamente desquiciada!
Los gritos de Ivón hicieron que Anatolia se mareara de manera violenta.
Pero Ivón estaba desatada y toda la bilis que había tragado por años seguía saliendo como un torrente.
—¿Sabe por qué su esposo le fue infiel? ¡Porque usted era el problema, no él! ¡Usted era demasiado déspota y controladora!
—¡Tú...! —El rostro de Anatolia se volvió tan blanco como el papel.
—¡Bien merecido se tenía que su esposo no la quisiera!
Esa última frase fue el golpe de gracia que destrozó a Anatolia por completo.
La anciana se agarró el pecho con desesperación. Tenía la boca abierta, intentando respirar, pero el aire simplemente no le llegaba a los pulmones.
Solo entonces Ivón se dio cuenta de lo que estaba pasando y el pánico se apoderó de ella.
—¡Galileo! ¡Galileo! ¡Rápido! ¡Las pastillas para el corazón que le dio el doctor!
Pero Galileo levantó la mano y la agarró del brazo con fuerza.
Ivón cruzó su mirada con esos ojos fríos y calculadores. Se quedó petrificada.

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