En efecto.
De entre las sombras del anochecer emergió una figura imponente. Caminaba con la seguridad de un rey, su presencia acaparando todo el espacio.
Noel vestía un abrigo negro que realzaba su porte elegante. Su rostro, por lo general frío e inexpresivo, se suavizó por completo al clavar sus ojos en Nanette, llenándolos de una ternura infinita.
—¿Qué quieres hacer con él? —preguntó Noel con voz grave.
Félix, que seguía retorciéndose en el agarre de Isaac, estalló en indignación.
—¡Oye! ¡¿Cómo te atreves a tratar así a un Larco?! ¡¿Acaso te cansaste de vivir?!
Nanette se acercó y le dio un coscorrón.
—A ver si con eso te calmas.
Félix hizo un puchero, frotándose la cabeza.
—Hermanita, ¿puedes decirle a este gorila que me suelte? Me está haciendo quedar en ridículo.
—¿Ridículo? Pensé que no tenías vergüenza.
—¿Cómo que no tengo vergüenza? Si soy un descarado es solo contigo, porque eres mi hermana mayor. De hecho, estaba pensando que en el futuro podríamos...
Lo que sea que Félix tuviera en mente, se quedó en el aire.
Isaac apretó su agarre en la nuca del chico.
—¿Te atreves a amenazar a mi Diosa?
Félix aulló de dolor.
—¡Nanette, Nanette! ¡Ya, ya, perdón! ¡No lo vuelvo a hacer! ¡Dile que me suelte, siento que me va a arrancar la cabeza!
Nanette soltó un suspiro y miró a Isaac.
—Déjalo ir.
Isaac aflojó el agarre.
Libre al fin, Félix saltó y se escondió detrás de Nanette, asomando la cabeza para ladrarle a Isaac.
—¡Esto no se queda así, me las vas a pagar!
Isaac alzó una ceja, con una sonrisa provocadora.
—Cuando quieras, aquí te espero.
Noel le dirigió a Félix una mirada gélida que habría congelado el mismísimo infierno.
—Que sea la última vez que te veo causándole problemas a tu hermana.
Félix abrió la boca para replicar, pero al ver la expresión de Noel, decidió que era mejor callarse.
Nadie era tan estúpido como para pelear una batalla perdida. Mejor tragarse el orgullo por ahora.
Nanette, frunciendo el ceño, se dirigió a Noel.
—¿Qué haces aquí? Estás herido, no deberías andar de un lado a otro.
Iris intervino tímidamente.
—Fui yo quien le avisó al señor Cortés. Temía que te hicieran algo malo, así que le envié un mensaje.
Nanette se quedó sin saber a quién reprender.

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